Comunicación (III): Interpersonal
Se trata de algo difícil.
Hay barreras sociales, religiosas, políticas, culturales. Existe un mensaje y su dificultad bipolar: emisor/receptor. Resulta problemático su ajuste. Por ambos lados, puede ser inaceptable. No se acierta en la emisión y menos, supongo, en la recepción -percepción, interpretación, sensibilidad, etc.
Y a ello se puede añadir la semiología de la alteridad. El Otro es el Otro. El Otro no es una extensión de tí -tu brazo, pierna, nariz, usos o manías. El Otro es alguien diferente a quien investigar, en ocasiones, preguntar. Y digo en ocasiones, porque la pregunta no siempre se puede hacer, por las barreras señaladas y porque su realidad es la suya y no la mía. En esto siempre puede haber sorpresa. Si no existe el Otro -y de aquí se parte, en lo coloquial- se supone fácil el diálogo. No lo es. Ya en el siglo pasado, una literatura de avance intuyó y desarrolló el tema (Kafka y el teatro del absurdo: Ionesco, Beckett).
Existe un mensaje de conocimiento al tiempo que funcional -”nos vemos a las 8″, “pide pruebas de función hepática”, “me gusta el chocolate”- que forma parte de un operativo necesario. Puede haber mensajes creativos y divertidos, aunque no son frecuentes. Lo que se produce son automatismos, estereotipos, preguntas y respuestas que no movilizan una neurona.
Por ejemplo, voy a madrid en agosto y surge la pregunta: “pero, ¿con tanto calor?”. No: pasamos 16-20 horas diarias en espacios cubiertos donde hay aire acondicionado y, hasta en ocasiones, lo gradúas a tu elección. La pregunta es un estereotipo arcaico. Sería como preguntar si voy o vengo a/de Madrid en carreta.
Existe un relleno locuaz que pasa como comunicación. En el inicio de un encuentro es fácil percibirlo. Debo decir que la incomunicación se percibe como comunicación y así el humano se salva.
¿De qué se habla? Aparte aquella comunicación de conocimiento o funcional, el temario es corto y va vinculado a la edad y clase social. Llama la atención la suelta de anécdotas sin el porqué de las mismas. El porqué es cultural y va sobreentendido.
Y aquí es donde está el ensanche del conocimiento: en el nuevo porqué. En el año 1947, a un biólogo especialista en en abejas, Kinsey, le encarga una universidad americana tres conferencias sobre sexo, y, ante un tema serio, importante, común, se encuentra que no existe conocimiento, sino un relato religioso que, en el colmo del cinismo, se da como natural. Desarrolla el tema hasta verlo como ahora se ve y, en aquella sociedad -y cualquiera otra de la época-, se le toma por escandaloso o loco y hasta anda próximo a la prisión. Casi siempre, el porqué de las costumbres y sus usos se registra como moral del Poder, dotada de verdad y naturaleza. Kinsey descubre el cómo y porqué del sexo -su novedad, también bipolar: el del hombre y el de la mujer, con ritmo y sensibilidad diferentes; al tiempo que la normalidad del hecho homosexual. Entra en su conocimiento, y a él le debemos la parcela de la libertad sexual. No tiene sentido llamar loco al que es diferente y no alcanzas.
Pienso que la comunicación surge de investigación y crítica. Una nueva mirada para todo. Descubrir la trampa en el lenguaje. Conocimiento, emoción y sensación, todo ello será nuevo en la nueva mirada. De esta forma, uno se incorpora a un imaginario más preciso, por ser más del conocimiento, fluye la información y el blindaje pierde su firmeza y fiereza.
Entiendo que resulta sencillo analizar tu intrahistoria y, cotejarla con la que surge en cada momento. De esta forma, no se produce el enorme gap social y cultural, ni el sufrimiento que lleva.
Un ejemplo de permanecer ajeno a este fluir, puede ser la guerra civil 1936-39. Nadie explicó aquel horror, fuera de la ideología. A niños y jóvenes se siguió adoctrinando con material pasado -Medieval, en lo referente a iglesia, judicatura y fuerzas armadas o del llamado orden, y del Romanticismo precoz (siglo XIX inicial) en sentimiento y emociones, con su puesta en escena tan analizada por Freud. Mucha de la condición humana estaba en evidencia, y no se incluyó en el aprendizaje. Una cultura pasadista [sic] lo inundó todo.
Algo vió una hija de Pedro J. en la invasión de su piscina polémica en Mallorca que hizo que éste se escandalizara. Nadie, entre los 40/50 del pasado siglo, con un personal dispuesto a todo tipo de escándalos morales -una mujer y un hombre besándose en un lugar público, una mujer en una playa que no se baña vestida-, dijo una palabra de que niños/jóvenes (entre 10/19 años) viesen, en el Aula Magna del Instituto Jovellanos de Gijón, juicios administrados por militares, pidiendo penas de muerte en un continuum. Aquella moral católica, integrada y desarrollada por el franquismo, veía inocentes y escándalos en todo, como es doctrina, lo que se relacionaba con el desnudo o el sexo, y, sin embargo, no así en la asistencia a juicios sumarísimos y peticiones de muerte.
Resumiendo, pienso que existe una comunicación funcional y de conocimiento y, fuera de ahí, un delirio de hechos sociales mil veces dichos y articulados de formas iguales, en parloteo y su relleno. El colmo del mismo sería la existencia de divertimento o jolgorio: entonces sería, al menos, festivo.
Dos hechos para meditar:
A) Dos grandes filósofos del siglo XX, nacen en Viena, ambos judíos, uno de familia riquísima de centroeuropa, otro de clase media profesional. Me refiero a Wittgenstein y Popper. Son mayores y no se conocen físicamente. El primero es profesor en Cambridge, el segundo en la London School of Economics. Se invita a Popper para charlar en el Moral Science Club de Cambridge. Allí está otro personaje de lujo, Bertrand Russell, que tampoco conoce a popper. Era la tarde del 25 de Octubre de 1946. El tema propuesto: “¿Existen los problemas filosóficos?“. Aquel encuentro de los dos grandes filósofos dura 10 minutos y se conoce como El encuentro del atizador. Popper piensa que existen los problemas filosóficos y Wittgenstein opina que los problemas están en el lenguaje: se produce el desacuerdo. En un momento, Wittgenstein coge el atizador al rojo de la chimenea y lo usa como gesto del diálogo. Y con su rojo encendido provoca la parada técnica de la comunicación. Wittgenstein sale, como he dicho, a los 10 minutos. La poca gente que estaba allí no se pone de acuerdo en si hubo o no portazo.
B) Bioy Casares conoce a Borges cuando tenía 17 años. Se ven a diario. Su amistad -o cotidianeidad- dura hasta la muerte de Borges. Hacen libros juntos. En el Diario de Bioy y a la muerte de Borges (14 de Junio de 1986), escribe esta bellísima metáfora: “Nuestras vidas transcurren por corredores, entre biombos. Estamos cerca unos de otros, pero incomunicados“.
Quiero añadir que la comunicación puede existir sin lenguaje (caso Helen Keller/Anne Sullivan).