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Recompensa

a 19 abril, 2013 en Medicina, Nuestra Gente, Opinión, Sociedad | 13 comentarios

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Ayer noche fuí a cenar con tres buenos amigos.

Para arrancar la velada habíamos quedado en vernos y tomar un aperitivo en un local no distante. Recorrí varias calles antes de llegar al sitio, y me fijé en un parquecito anejado a unos bonitos edificios de reciente construcción; aunque todavía no se podía entrar en él, puesto que unas vallas impedían el acceso, unas palomas ya lo estaban estrenando y había un gato negro que las perseguía, consiguiendo sólo espantarlas de acá para allá.

Llegué el último a la cita y, tras las efusivas salutaciones, me acerqué a la barra a pedir una caña de cerveza. Mis ojos y los ojos de la camarera se encontraron y un respingo recorrió mi cuerpo: ‘¡Hola, D.! No sabía que estabas aquí!’, le dije sorprendido. ‘Ya hace casi un año: todo me va muy bien. Desde entonces, me casé y ahora tengo dos niños.’

Aquellos ojos de entonces… cuando la vida había dejado de tener sentido para ella y decidió acabar de una vez por todas con su sufrimiento. ‘Te recuerdo muchas veces, sentado a mi lado en la cama de la UCI, hablándome de cosas que tardé en comprender. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí.’

¿Y qué hice yo por ella? Nada especial: estar a su lado en un momento crítico y tratar de abrirle la mente hacia algunos aspectos necesarios para no ver el camino lleno de obstáculos insalvables: proponerle una discreta modificación de los parámetros de percepción con la esperanza de que le fuese útil. Por lo que se ve, lo ha sido, y aquel pequeño gesto ha cobrado una dimensión muy distinta en su universo afectivo.

La cena fue deliciosa, con exóticos toques orientales, en un pequeño y coqueto restaurante del barrio pesquero de nuestro pueblo en el que tuvimos la fortuna de estar solos y a nuestras anchas. Compartimos bromas y pensamientos sobre nuestras respectivas realidades. Pasamos un rato excelente y casi despedimos a uno de ellos, que ha de marcharse por cuestiones de trabajo al otro extremo del país la semana próxima, y no volverá hasta bien entrado el otoño.

Al salir una lluvia tenue me acompañó hasta casa, pero lo que me iba calando cada vez más hondo era la sensación de recompensa que me dejaron las palabras de D.