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Los Difuntos y La Muerte

a 2 noviembre, 2009 en Medicina, Opinión, Sociedad | 13 comentarios

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Una mujer de 75 años siente, en mitad de la noche, un fuerte dolor en la boca del estómago. Tiene ganas de vomitar y se levanta al cuarto de baño, pero se marea ligeramente, se tambalea y tiene que sentarse en el quicio de la cama, despertando a su marido al hacerlo.

El le pregunta qué le ocurre, aunque ya sabe que nada bueno, porque es de dormir bien, de un tirón, ya no se acuerda en qué momento fué la última vez que pasó una mala noche; cuando ella se dispone a contestarle, su cara se demuda y parece perder el conocimiento, pero en realidad su corazón ha dejado de latir. Él se da cuenta de inmediato, aunque siga hablándole, tratando de estimularla, mientras descuelga el teléfono de la mesilla de noche para avisar a los servicios sanitarios de urgencia.

Hoy, algo menos de 24 horas más tarde, Isabel fallece en la UCI en la que trabajo y en la que estoy de guardia este largo fin de semana de difuntos. Hablo con Fernando, su esposo, y trato de envolver el luto de la noticia en paños templados, pero el desconsuelo es evidente y se muestra de forma difícil de contener.

Desea verla, despedirse, darle un beso. Decide entrar acompañado por un hijo.

Al verla, la emoción se dispara en ambos, y de sus gargantas brotan palabras ininteligibles pero angustiosas, como grititos provenientes de un nido con crías. Fernando la abraza, la mira y la vuelve a mirar, como incrédulo a través de la cortina de lágrimas que inunda sus ojos. Acerca sus labios a la boca entreabierta de ella, y la besa una y otra vez, sin percibir el hálito de siempre. El hijo, de cuarentaytantos, se apoya en su padre y llora también: un escalofrío recorre su cuerpo al pasar sus dedos por la piel yerta de la madre. Entre sollozos y gemidos, se despiden de ella y se van de la UCI para que el resto de familiares puedan pasar.

Cuando el cadáver sale, envuelto en un sudario y camino de los mortuorios, Fernando me pide que detenga la camilla para un último adios. Más tranquilo, aunque muy débil, rodeado de todos sus hijos, él mismo destraba la cremallera dejando a la vista la cara afilada, ya cérea, de Isabel. Se inclina ante ella y le dice, mientras la colma de besos: “te quiero, siempre te querré, pobrina, eres tan buena… yo le daré de comer a tus gallinas“.

Qué envidia.

13 Comentarios

  1. Nestor (arquitecturiense)

    2 noviembre 2009

    Ufff…
    …la realidad supera con creces lo que muchas veces estamos preparados para ver o entender.

    Entiendo bien lo de tu envidia. Y ese amor, ese querer, es el que quiero profesar a la persona que espero se convierta en la madre de mis hijos.

    Muy bien relatada la historia. Y me encantó el detalle de enfatizar el nombre propio de las personas implicadas, como para no olvidarnos de que eso son, personas.

    Buenas fotos y buenos textos.
    Saludos,
    Néstor
    (arquitecturiense)

  2. El Centinela

    2 noviembre 2009

    ¡JO!

    No sé la edad, tampoco sé si importa realmente… lo que sí sé que importa es si las personas se quieren. A día de hoy soy incapaz de envidiar semejante “disgusto” (lo pongo entre comillas porque la palabra disgusto no alcanza a expresarlo). Y sí estoy seguro de envidiar ese amor. Deseo que él fuese capaz de transmitírselo y ella de recibirlo mientras fue posible. Intuyo que sí.

  3. Liki Fumei

    3 noviembre 2009

    Llevo unos cuantos años viviendo en contacto asiduo con aquello que rodea la muerte y con la muerte misma. Podría decir que sólo en un pequeño porcentaje (quizás menor del 10%) de los casos observo en los seres -teóricamente- próximos al fallecido una reacción apropiada de duelo. Es evidente que lo ‘apropiado’ es, debe ser, diferente e individual caso por caso, pero hay rasgos comunes de lo que, por oposición, resulta ‘inapropiado’: el histrión, la agresividad, la representación del dolor, el cálculo frío y vergonzante de las posibilidades de reparto, la búsqueda descarada de una eventual indemnización… Todo ésto es TAN inapropiado, y tan frecuente…

    La propia tradición de difuntos resulta un acto social repugnante (vestirse de bonito, ir a la peluquería, afeitarse, engalanar las tumbas o nichos) cuando se circunscribe a un día señalado y se practica como un show, con un público tan concreto como los actores mismos.

    Por ello, tener la ocasión de contemplar desde tan cerca -ni siquiera en primera fila, sino dentro del escenario– una reacción tan íntima y de tan enorme ternura, resulta más que conmovedor.

    Bienvenido a este patio, Arquitecturiense (o Néstor, como prefieras que te llame), y gracias, junto con El Centinela, por pasaros y dejar huella.

  4. Fer

    6 noviembre 2009

    te quiero, siempre te querré, pobrina, eres tan buena… yo le daré de comer a tus gallinas“.

    Hay tanto y tanto y tanto en esto….

    Gracias, veo un poco borrosa la pantalla y noto un calor que resbala por mi mejilla hacia el teclado. Estoy llorando.

  5. Chin

    6 noviembre 2009

    Realmente un texto que encoge el corazón, enhorabuena por expresar tan bien una situación tan extraña para muchos, me adhiero al sentimiento de envidia 😉

    Este es el pais de “aparentar” y tristemente se ve reflejado en casos como el que comentas… qué pena :(

  6. Liki Fumei

    7 noviembre 2009

    Fer, Chin, sois muy amables compartiendo vuestra emoción. Muchas gracias a ambos, y sé bienvenido a este extraño -pero cálido- patio, Chin.

  7. gualizoe

    8 noviembre 2009

    Los dos primeros párrafos me han encogido el estómago… :'(

    Y respecto a lo de tu comentario, hace poco, leyendo el libro “Los buscadores de conchas” (de Rosamunde Pilcher), acabé, igual que con lo que dices, llorando. Me duele que la gente esté tan preocupada por la herencia que se olviden de sufrir y se dediquen simplemente a pelearse por ver quién se lleva la mayor parte. Me da muchísima pena, y siento impotencia y rabia…

    Qué mal está este mundo…

  8. Fredja

    8 noviembre 2009

    Siempre he creido que la muerte no es el fin, sino el final de un viaje lleno de aprendizaje, pruebas y vivencias. Estoy segura que desde donde está, esta mujer siente el gran amor de su esposo y sonríe dando por bueno todo lo pasado, hasta lo malo.

  9. gimeva

    8 noviembre 2009

    Demuestras que, después de esos años viviendo en contacto con aquello que rodea a la muerte, no has perdido la sensiblidad ante hechos como éste y éso, dice muchísimo de tí…

    Como ha comentado Arquitecturiense, agradezco que cites sus nombres ya que, para muchos, trabajando donde lo haces tú, las personas nos convertimos en números y estadísticas…

    Me emociono, al igual que todos los que hemos escrito algo aquí, al leer ésto… gracias…

    También siento envidia…

  10. Liki Fumei

    9 noviembre 2009

    La primera condición para cambiar algo es saber cómo está/es antes de intentar dicho cambio: en ese sentido, y en el de tus palabras, gualizoe, es preciso (aunque no suficiente, claro está) reconocer que las cosas están así de mal, que El Dinero es el único valor esgrimible en la actualidad, para -de querer hacerlo- intentar un cambio. Ha de ser a pequeña escala, como un experimento de andar por casa, controlable: aquello de think globally, act locally. Es a nuestro inmediato alrededor donde podemos ejercer alguna influencia positiva, ser beneficiosos, sacar esa parte civilizada que es más noble. Muchas gracias por pasar por aquí, y bienvenida al patio.

    Lamentablemente para mí, no coincido con tu visión, fredja: mi formación biológico-racionalista, junto con la ausencia completa de fé religiosa, no me permiten ver la muerte más que como el fin de cada exisitencia individual. Y digo lamentablemente porque no me queda otro consuelo. Pero también tiene sus ventajas, indudablemente: la principal, que puedo elaborar mi propio mundo ético-moral y no depender de dictámenes al respecto, lo cual -con todo lo que conlleva- me hace algo más libre (de pensamiento, claro: nada más -y nada menos). Muchas gracias por visitar este espacio que suelo llamar patio, y sé bienvenida.

    No sólo no la he perdido, gimeva, sino que la he ido desarrollando, aunque, como ya comenté, estos hechos hoy en día resultan bastante poco frecuentes, por desgracia. No es ya que se despersonalice por parte de qienes trabajamos, sino que son las propias familias las que con demasiada frecuencia proporcionan espectáculos bochornosos en su carroñerismo o indiferencia. Bienvenida a nuestro patio, y gracias por pasarte.

  11. laurita

    5 diciembre 2009

    Hay amor como inmenso es el mar….

    Pero, que yo sepa, es una decisión personal amar así, hay que querer…

  12. Liki Fumei

    6 diciembre 2009

    ¡Ay, amor!

    Gracias, laurita: así debe ser. Que cada uno elija.

  13. Ric

    9 marzo 2012

    Muchas, pero muchísimas veces, la misma vida pasa por delante de la gente sin que se entere. Mira tú, si no van a estar deseando pasar página a estos episodios, por muy de cerca que les toque. El “ser-do” humano deja mucho que desear como especie.

    Tarde pero seguro, llego a este post, pero como dijo el arquitecto Adolf Loos, “está más cerca nuestro la verdad aunque tenga 200 años, que la mentira que camina a nuestro lado”.