Fragilidad

Liki Fumei | Medicina, Nuestra Gente, Opinión, Poesía | 27 de Febrero, 2010

Vivimos momentos de crisis mundial, según dicen los expertos (los mismos que ni siquiera la olieron meses antes de que estallara…).

La crisis se deriva de la explosión, de la volatilización de una burbuja financiera que -para algunos- tiene su origen en el modelo económico y productivo llamado capitalismo. Pero, si se escarba (no es necesario mucho ahínco), bajo las toneladas de tinta con las que -desde unos puntos de vista y otros bien diferentes- se ha tratado de diseccionar la situación, siempre aparece la misma palabra u otras que aluden al concepto: se ha perdido la CONFIANZA.

Y, por lo que se ve, la confianza (o su falta) está detrás de la estabilidad de los mercados, del famoso hipo del indonesio que se percibe en cuestión de instantes en Wall Street, de la concertación social, del índice de precios al consumo, de los éxitos (si los hubiera) de la diplomacia internacional en la negociación de conflictos… la sostenibilidad de todo un sistema (el humano), en definitiva, parece cimentarse en un concepto tan etéreo como frágil. Curiosamente, en el idioma inglés hay una palabra polisémica muy ilustrativa de por dónde van los tiros: trust

La fragilidad es el hilo conductor de nuestra existencia, y hacia ella se dirigen los arpones de todo sistema -cualquiera que sea- cuya ambición sea el control de los elementos (individuos) para provecho propio (no harían falta ejemplos, pero sólo recordaré que las creencias, también cualesquiera que sean -religiosas, políticas, sanitarias, deportivas- son el eje, el libreto de esta ópera de enormes dimensiones).

Pero nada ni nadie puede esconderse de dicha fragilidad. Una aciaga noche de hace escasamente tres semanas, la vida de una chica de 22 años se escapaba entre las manos de las personas que constituíamos el equipo de guardia en la UCI y el quirófano de mi hospital. Alejandra se había sentido mal la tarde antes: un cólico al salir de la ducha cuando se preparaba para ir a cenar con su novio, como tantos sábados, la había dejado pálida y sudorosa. Una malformación vascular (probablemente congénita) acababa de estallar, como una bomba de relojería, en el interior de su abdomen. A pesar de la práctica inmediatez con la que se le dispensaron todos los cuidados encaminados a mantenerla con vida, su corazón dejó de latir, exangüe, pocas horas más tarde.

Su padre había estado bromeando con ella un día antes, ya que acababa de obtener su primer trabajo: ‘Estás contenta porque empiezas, pero tienes camino por delante… ¡te va a tocar hasta los 67, o más!’, le dijo, aludiendo a la reciente propuesta gubernamental para retrasar la edad de jubilación de los trabajadores. Su desconsuelo era infinito cuando me contaba -entre sollozos y alguna maldición- esta anécdota.

Aunque pretendamos refugiarnos en la tecnología, las pólizas de seguros o la religión, sería más lúcido (y también más digno) aceptar que la incertidumbre, la duda (es decir, lo contrario al dogma), constituyen nuestra esencia más íntima, y, por tanto, la moneda de cambio más universal para nuestras (trans)acciones.

A mi amigo (y compañero de trabajo esa noche) Tomás, que en alguna ocasión ha contribuído con su preciso verbo en verso a embellecer este patio (Bardo, se hace llamar aquí), la dantesca escena le trajo a la memoria otra vivida bastantes años atrás con una amiga suya como triste protagonista. Para ella compuso, en aquel entonces, este tan bonito como horripilante poema que ha querido compartir hoy con todos nosotros:

Si fuera tocarte
y ordenarte:
levántate y anda;
pero no soy el impostor.
Reconozco a la muerte,
lleva rozándome
en un sin fin de descuidos.

Si pudiera al llorarte
empaparte
de la linfa
que te falla
y que esas campanas
(que ya esperan)
se quebraran.

Ay, niña, si pudiera yo volverte
con mirarte.

De aquella noche aciaga sólo me queda ésto: consciencia del otro, empatía, metacognición, y el agradecimiento y la complicidad para con Elisa, Lorena, Juan y Tomás por haber hecho posible la sensación de trabajar al unísono ante una situación tan horrible, tan adversa.

F1 (ayuda) Vintage

Liki Fumei | Coña, Varietés | 1 de Febrero, 2010

Éstos días El Pecador ha sufrido un catarro… uno de tantos motivados por los hackers y el spam, todos esos agentes nocivos que pululan por la web.

Y, como siempre, ha sido preciso recurrir al solucionador de este tipo de problemas, mi paciente (hasta cierto punto) amigo Agus, que, con calma y apenas unas amputaciones sin importancia, ya le ha devuelto su aspecto habitual: ¡bravo, Agus!

Para celebrarlo, y reírnos un poco de paso, os traigo hoy una versión medieval de este tipo de problemas. ¡Que la disfrutéis!