Los Difuntos y La Muerte

Liki Fumei | Medicina, Opinión, Sociedad | 2 de Noviembre, 2009

Una mujer de 75 años siente, en mitad de la noche, un fuerte dolor en la boca del estómago. Tiene ganas de vomitar y se levanta al cuarto de baño, pero se marea ligeramente, se tambalea y tiene que sentarse en el quicio de la cama, despertando a su marido al hacerlo.

El le pregunta qué le ocurre, aunque ya sabe que nada bueno, porque es de dormir bien, de un tirón, ya no se acuerda en qué momento fué la última vez que pasó una mala noche; cuando ella se dispone a contestarle, su cara se demuda y parece perder el conocimiento, pero en realidad su corazón ha dejado de latir. Él se da cuenta de inmediato, aunque siga hablándole, tratando de estimularla, mientras descuelga el teléfono de la mesilla de noche para avisar a los servicios sanitarios de urgencia.

Hoy, algo menos de 24 horas más tarde, Isabel fallece en la UCI en la que trabajo y en la que estoy de guardia este largo fin de semana de difuntos. Hablo con Fernando, su esposo, y trato de envolver el luto de la noticia en paños templados, pero el desconsuelo es evidente y se muestra de forma difícil de contener.

Desea verla, despedirse, darle un beso. Decide entrar acompañado por un hijo.

Al verla, la emoción se dispara en ambos, y de sus gargantas brotan palabras ininteligibles pero angustiosas, como grititos provenientes de un nido con crías. Fernando la abraza, la mira y la vuelve a mirar, como incrédulo a través de la cortina de lágrimas que inunda sus ojos. Acerca sus labios a la boca entreabierta de ella, y la besa una y otra vez, sin percibir el hálito de siempre. El hijo, de cuarentaytantos, se apoya en su padre y llora también: un escalofrío recorre su cuerpo al pasar sus dedos por la piel yerta de la madre. Entre sollozos y gemidos, se despiden de ella y se van de la UCI para que el resto de familiares puedan pasar.

Cuando el cadáver sale, envuelto en un sudario y camino de los mortuorios, Fernando me pide que detenga la camilla para un último adios. Más tranquilo, aunque muy débil, rodeado de todos sus hijos, él mismo destraba la cremallera dejando a la vista la cara afilada, ya cérea, de Isabel. Se inclina ante ella y le dice, mientras la colma de besos: “te quiero, siempre te querré, pobrina, eres tan buena… yo le daré de comer a tus gallinas“.

Qué envidia.