Mario Benedetti (1920-2009): transversal y agridulce

Liki Fumei | Arte, Fotos, Nuestra Gente, Opinión, Poesía | 19 de Mayo, 2009

En una ocasión, aquí, un espejismo que se proclamó mudo ciprés, tomando prestada la figura de aquel de Silos de Gerardo Diego, me recriminó mi preferencia por Neruda y Benedetti. En realidad, si hubiera una sola, ésta tendría que ser la del último: la del gran escritor uruguayo Mario Benedetti.

Mario Benedetti

¿Cómo se puede tener la sensación de conocer, incluso de ser amigo de alguien al que no has visto nunca y que ya nunca verás? Pues así es: puedo decir que me lo presentó una íntima amiga mía hace no muchos años, en los ‘90, y, al mostrármelo, al introducirme en su mundo de sensibilidad, compromiso y empatía, me dió a entender que si profundizaba en su obra, en su conocimiento, quizás pudiera comprender mejor nuestro entramado sentimental, y aprender a formular el pensamiento -a veces tan retorcido y complejo, a fuerza de un baldío exceso de reflexión- de una manera lo más clara y directa posible. Y así, poco a poco, se fué haciendo uno de los míos, un referente, un lugar al que volver en los momentos más tristes tanto como en los más alegres. Alguien reconfortante.

En algún sitio leí que Serrat -que puso música a muchos de sus poemas, y colaboró estrechamente con él, hasta hacerse amigos- dijo que era un poeta transversal. Aunque me parece una gran definición, ya que da idea del alcance de su obra, de su capacidad de penetración en muy distintos grupos humanos (etarios, culturales, temáticos, sociales, políticos…), me gustaría ponerle un apellido que para mí la redondea: agridulce. Es capaz de golpearte con la realidad más mísera, mientras te acaricia con su mano de seda; ahonda en la abyección de la condición humana, sin dejar de arroparte con su verbo y su actitud amable; retrata a la perfección las situaciones más crueles, pero lo hace sin regodearse en el casi necesario pesimismo o desespero. Tiene, por ello, el encanto añadido que se atribuye a las combinaciones sweet & sour: aligera la amargura sin el cinismo, la hipocresía o la ignorancia de otros.

Su mujer, Luz, su compañera durante más de 60 años, aquella con la que había hecho un trato por el cual podía contar con él (no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo), murió en 2006, devastada por una demencia. Éso parece haber supuesto para él el último revés: a pesar de refugiarse en la escritura, se fué dejando, abandonandosé, dicen allá. Regresó a Montevideo para no volver más a Madrid y aún produjo un suculento breviario en prosa titulado no en vano ‘Vivir adrede‘ (Alfaguara, 2008). En él encontré una perla, un maravilloso epílogo a esta mínima biografía:

EL MUNDO PASA

Desde mi sólida banqueta, o sea desde mi trono de pelagatos, veo desfilar el tiempo y sus minucias, los torbellinos del desorden, las fragatas que en el puerto se mecen impasibles, los murciélagos que inmóviles vigilan, las golodrinas que regresan cargadas de experiencia.

También manos que ahora son casi garras, bocas seductoras que reclaman besos, pieles que se convierten en pellejos, ojos que aman cuando miran, colinas de allá lejos que se acercan, arroyos que se vuelven ríos, ríos que se vuelven mares.

Desde mi sólida banqueta, desde mi trono de pelagatos, veo cielos que se aclaran y oscurecen viejitas que no hace mucho eran muchachas, desalientos que fueron esperanzas. Pero también futuros que se abren y nos llaman, con promesas que quién sabe y no obstante admitimos.

El mundo pasa sin interrupciones, con paisajes que llenan el contorno, alarmas con abismos, glorias inaccesibles, perdones que no pedimos y alborotos en la conciencia cerrrada con candado.

Hasta que una noche inesperada, los párpados sucumben y ya no se levantan.

Mario Benedetti

Se me ocurre terminar este recuerdo de hoy, ya que el de siempre ahí seguirá, con una cita dura e irónica, muy de su estilo:

La muerte es horrible pero… ¿con qué podríamos sustituirla?

Elias Canetti.

Colegio

Liki Fumei | Medicina, Opinión, Sociedad | 12 de Mayo, 2009

La cuarta acepción del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) dice así del título de hoy:

4. m. Sociedad o corporación de personas de la misma dignidad o profesión. Colegio de abogados, de médicos.

Y en su tercera acepción, explica lo siguiente de la profesión:

3. f. Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución.

Por último, en cuanto a la dignidad -algo bastante más complejo que lo que puede condensarse en unas líneas definitorias-, da una serie de acepciones que podrían ser aplicables al caso:

1. f. Cualidad de digno.

2. f. Excelencia, realce.

3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.

4. f. Cargo o empleo honorífico y de autoridad.

Cada 3 meses, recibo en la cuenta de mi banco un requerimiento de pago por importe de 100 €, procedente del colegio al que no me queda más remedio que pertenecer si deseo practicar mi profesión: la medicina.

También puntualmente, como el citado tributo, recibo trimestralmente la revista que hace las veces de órgano de expresión de la institución que nos colige, es decir, que nos reúne.

Y en ella, un ejemplar tras otro, he de leer cosas como éstas (cito textualmente, con elipsis que no afectan al sentido del texto):

[...] lo que no sea curar no es incumbencia del médico, que además ha recibido una formación universitaria específica dirigida a usar las técnicas para sanar o cuidar, no para abortar, cercenar ni terminar con la vida de un ser humano. [...] valores que se hacen personales y que además están suficientemente reconocidos por los códigos morales de los que ejercieron y ejercen la medicina desde hace más de cuarenta siglos [...]

O estas otras:

[...] Ante los expeditivos mensajes de la sociedad actual acerca del aborto, la eutanasia, la “libre opción individual” de hacer cada cual con su vida y con su cuerpo cuanto quiera (en los que participan algunos personajes dispuestos a erigirse en mentones [sic] de una “bioética” fabricada bajo intereses políticos), ante este tipo de desaprensión informativa, las reflexiones de V. E. Frankl resultan tan aleccionadoras como edificantes, ofreciendo una orientación seria y meditada que constituye la base de una psicoterapia libre de deformaciones y sectarismos, y, sobre todo, esperanzadora.

Para darle aún un mayor carácter delirante, los dos doctores que escriben en estos términos tienen una especialidad médica común: son… ¡PSIQUIATRAS! Y en activo. Forman parte del pensamiento único que emana de este colectivo oficial. Nunca una opinión en contra, nunca una voz discrepante: y mis 400 € anuales ahí están, para financiar su tribuna.

¿Queda algún remedio ante la aplastante versión oficial de este colegio, que se alinea al margen de la ciencia de la que -teóricamente- nace, y al lado de las creencias/supersticiones que dominan nuestra cultura cristiana y católica? Cabe colegir, es decir, deducir, que nada que no sea este estéril pataleo. Hace tres cuartos de siglo, en 1932, durante el gobierno provisional de la malhadada República, mi abuelo Amalio (también médico y padre de ManFerro, a la sazón) escribía una carta a la corporación municipal de Gijón pidiendo que, ya que a las personas afectas de enfermedades venéreas se les negaba la atención en el único hospital existente en la ciudad, se obligara al uso de profilácticos en las casas de lenocinio, para el bien del verdadero capital de la patria. Ya sabemos lo que opina al respecto Ratzinger, disfrazado de santidad Benedicto XVI, en pleno 2009. Y nuestros tribunos: no a la libertad individual, ni siquiera para poder morir tranquilamente, de la forma que uno mejor determine y elija; o para evitar que venga al mundo un nuevo ser humano de la forma más desgraciada que se puede concebir: sin contar con la libre decisión y responsabilidad de quien lo hubiera decidido traer.

No debería pensarse en excelencia humana ni en decoro cuando no se respeta la diferencia y se impone una doctrina: parece algo muy básico, pero nada más lejos de serlo. Tan lejos como la pretendida dignidad a la que con tanta ligereza se alude. Tan sólo queda, por tanto, la autoridad, de entre aquellos rasgos de dignidad: pues ni éso, sino el autoritarismo de unos bien evidentes primus inter pares.

Afortunadamente -el que no se consuela…- se ha producido una enmienda en la última versión del DRAE en su entrada ‘colegio‘, dejándolo en algo más contante y sonante:

4. m. Sociedad o corporación de personas de una misma profesión, a la que generalmente se atribuyen funciones de ordenación y disciplina de la actividad profesional. Colegio de abogados, de médicos.

El subrayado es mío, como es obvio. ¡Qué asco!

Stand By Me (all around the world)

Liki Fumei | Arte, Coña, Música, Sociedad, Varietés | 1 de Mayo, 2009

Simplemente emotivo…

El proyecto.