Mario Benedetti (1920-2009): transversal y agridulce
En una ocasión, aquí, un espejismo que se proclamó mudo ciprés, tomando prestada la figura de aquel de Silos de Gerardo Diego, me recriminó mi preferencia por Neruda y Benedetti. En realidad, si hubiera una sola, ésta tendría que ser la del último: la del gran escritor uruguayo Mario Benedetti.

¿Cómo se puede tener la sensación de conocer, incluso de ser amigo de alguien al que no has visto nunca y que ya nunca verás? Pues así es: puedo decir que me lo presentó una íntima amiga mía hace no muchos años, en los ‘90, y, al mostrármelo, al introducirme en su mundo de sensibilidad, compromiso y empatía, me dió a entender que si profundizaba en su obra, en su conocimiento, quizás pudiera comprender mejor nuestro entramado sentimental, y aprender a formular el pensamiento -a veces tan retorcido y complejo, a fuerza de un baldío exceso de reflexión- de una manera lo más clara y directa posible. Y así, poco a poco, se fué haciendo uno de los míos, un referente, un lugar al que volver en los momentos más tristes tanto como en los más alegres. Alguien reconfortante.
En algún sitio leí que Serrat -que puso música a muchos de sus poemas, y colaboró estrechamente con él, hasta hacerse amigos- dijo que era un poeta transversal. Aunque me parece una gran definición, ya que da idea del alcance de su obra, de su capacidad de penetración en muy distintos grupos humanos (etarios, culturales, temáticos, sociales, políticos…), me gustaría ponerle un apellido que para mí la redondea: agridulce. Es capaz de golpearte con la realidad más mísera, mientras te acaricia con su mano de seda; ahonda en la abyección de la condición humana, sin dejar de arroparte con su verbo y su actitud amable; retrata a la perfección las situaciones más crueles, pero lo hace sin regodearse en el casi necesario pesimismo o desespero. Tiene, por ello, el encanto añadido que se atribuye a las combinaciones sweet & sour: aligera la amargura sin el cinismo, la hipocresía o la ignorancia de otros.
Su mujer, Luz, su compañera durante más de 60 años, aquella con la que había hecho un trato por el cual podía contar con él (no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo), murió en 2006, devastada por una demencia. Éso parece haber supuesto para él el último revés: a pesar de refugiarse en la escritura, se fué dejando, abandonandosé, dicen allá. Regresó a Montevideo para no volver más a Madrid y aún produjo un suculento breviario en prosa titulado no en vano ‘Vivir adrede‘ (Alfaguara, 2008). En él encontré una perla, un maravilloso epílogo a esta mínima biografía:
EL MUNDO PASA
Desde mi sólida banqueta, o sea desde mi trono de pelagatos, veo desfilar el tiempo y sus minucias, los torbellinos del desorden, las fragatas que en el puerto se mecen impasibles, los murciélagos que inmóviles vigilan, las golodrinas que regresan cargadas de experiencia.
Desde mi sólida banqueta, desde mi trono de pelagatos, veo cielos que se aclaran y oscurecen viejitas que no hace mucho eran muchachas, desalientos que fueron esperanzas. Pero también futuros que se abren y nos llaman, con promesas que quién sabe y no obstante admitimos.
Hasta que una noche inesperada, los párpados sucumben y ya no se levantan.
Mario Benedetti
Se me ocurre terminar este recuerdo de hoy, ya que el de siempre ahí seguirá, con una cita dura e irónica, muy de su estilo:
La muerte es horrible pero… ¿con qué podríamos sustituirla?
Elias Canetti.
