Haz culpables… y enséñales el camino correcto

Liki Fumei | Nuestra Gente, Opinión, Sociedad | 11 de Junio, 2008

Me alerta Manferro (él siempre alerta) sobre una perlita de Vicent en El Péich del pasado domingo. Como se suele decir en los casos de uso de material sujeto a las normas de la propiedad intelectual, por su indudable interés reproduzco el artículo íntegro a continuación.

Esquina

Cuanto más dinero le das, más te fustiga; cuanto más te fustiga, más dinero le das para ver si se amansa. Esto no es una charada, sino la actitud que mantiene el Gobierno socialista con la Iglesia católica, a la que teme como al diablo y no sin razón. En las tertulias de café siempre hay un anticlerical exaltado que da con la solución. A los obispos hay que plantarles cara de una vez, el concordato con el Vaticano debe ser denunciado sin más. Según su opinión, la retirada del suministro es el único lenguaje que entiende la Iglesia. El Estado sólo se alimenta de prestigio y si lo pierde, desaparece. A ver quién gana. La mayoría aplaude esta teoría, pero alguno más moderado trata de aplacar los ánimos. La Iglesia en España tiene mucho poder todavía, dice. En realidad es la propietaria de nuestro cerebro límbico donde residen todas las emociones que nos han sido inoculadas antes del uso de razón, el bien y el mal, el cielo y del infierno, el miedo a la muerte, los dogmas del catecismo, las patrias, los símbolos y las banderas, todo amasado con los aromas, sonidos y sabores de los sentidos en estado de naturaleza cuando la inteligencia aún no se había desarrollado. Ese disco duro es el que la Iglesia transmite a través de la educación, un bocado que no está dispuesta a soltar por mucho que los socialistas, como la zorra de la fábula, ensalcen al cuervo para tratar de que abra el pico y le caiga la longaniza. La discusión de la tertulia deriva en saber si la Iglesia en España forma parte sustancial de la derecha más reaccionaria o sólo trata de defender sus privilegios, si ocupa el centro de la sociedad o sólo esa esquina, que el jefe de la oposición quiere abandonar. Cualquier ciudadano razonable desearía para este país una derecha moderna, europea, culta y sin sebo, capaz de oponerse con rigor al Gobierno, preparada para una alternancia en el poder, pero esta aspiración lógica parece inalcanzable dada la furia con que tratan de impedirlo los reaccionarios desde la famosa esquina, que ha sido tomada como un bastión por una amalgama de obispos a medias con la derecha radical. Esquinado se dice del individuo malintencionado, aplicable también a aquel que trata de quitarte la cartera en el nombre de Dios o de la patria.

Yo sería uno de esos exaltados de las tertulias si no fuera tan perezoso y no estuviese tan desesperanzado respecto a las posibilidades de comunicarnos como recientemente he expuesto aquí. Topo a diario con el disco duro del que habla Vicent, soporte (por seguir utilizando términos de hardware) sobre el que están grabados a fuego (con copia de seguridad, en dichos términos) preceptos (que no conceptos) tan útiles al poder como LA CULPA. Su esquinada explotación y la de otros muchos de similar jaez, hace muy poderoso al detentor de la tiara y muy sumiso y obediente al afligido confeso.

El lado más oscuro del siniestro vínculo iglesia-poder parece muy alejado de nosotros, inquisitorial, medieval, anacrónico, diríamos ufanos. Y lo decimos, al contemplar las imágenes que hoy día nos llegan de la cara triste y subyugada de las sociedades en las que imperan (con notable indivisión estado-iglesia) diversos fundamentalismos. No se separan, sin embargo, de ésta otra, tomada en el pueblecito extremeño de Deleitosa por el renombrado fotoperodista Eugene Smith durante los recientes años del nacional-catolicismo español.

El Velatorio ('The Wake'), de Eugene Smith (1950)

Corría el año de 1950: a la vuelta de la esquina. Como para no ser beligerante… dialéctica, políticamente. Es lo que se les pide, y no el nauseabundo y continuo besamanos y compadreo, aparente, sólo aparentemente inocente.

Decir esquinados es ser muy benévolo, aunque he de reconocer que resulta un regalo literario suculento, como suele ser en Vicent.