Obstáculos

Liki Fumei | Fotos, Música, Nuestra Gente, Opinión, Poesía, Sociedad | 24 de Mayo, 2008

Trato de salir de aquella sensación que comenté hace hace unas semanas: la de no tener nada que decir.

Mi querida amiga Rosita, la del corrido mejicano, me hace llegar un poema de Neruda, El Pozo, cuyas primeras líneas cito a continuación, por oportunas para lo que después quiero tratar:

A veces te hundes, caes
en tu agujero de silencio,
en tu abismo de cólera orgullosa,
y apenas puedes
volver, aún con jirones
de lo que hallaste
en la profundidad de tu existencia.

De largo, las estaciones equinocciales han sido objeto de diversos mitos, relacionados de una u otra forma con alteraciones en el humor de las personas, en su afectividad. Seguimos enredados en tales mitos (aquellos u otros) y sin elementos de conocimiento que nos permitan explicarnos por qué ésto es así.

Al igual que en el caso de la úlcera de estómago se ha encontrado una teórica causa infecciosa (y han llamado al ‘bishoHelicobacter pylori) para explicar una patología que, clásicamente, se veía empeorar en primavera y en otoño, quizá algún día se diga (e, incluso, se demuestre) que tal o cual virus que se propaga con los pólenes de tal o cual planta, es el responsable de las depresiones, las migrañas, distintas clases de reuma o lo que uno se quiera imaginar.

Pero no todo se explica, se puede explicar así. Una vez conocido H. pylori y elaboradas las herramientas para su diagnóstico, tratamiento y comprobación de la eficacia del mismo (desde el punto de vista infeccioso, microbiológico), se sabe que esta última tiene lugar en un 70-90% de los casos en los que se prescribe una terapéutica correcta (la enorme variabilidad en el porcentaje que cito depende de múltiples factores: cepas de la bacteria, uso previo de antibióticos en cada paciente y en cada comunidad o área geográfica, exactitud y reproducibilidad -esto es fiabilidad, en un lenguaje más coloquial- de los variados sistemas para el diagnóstico y comprobación de la erradicación del germen, interacción del sistema inmune de cada individuo con el invasor…).

Sin embargo, teniendo en cuenta que esta patología representa un amplio porcentaje de entre todas las que producen unos síntomas parecidos y, por tanto, reciben tratamientos sintomáticos (paliativos, aliviadores) similares (en este caso, dirigidos a disminuir la acidez de los jugos gástricos, cuya capacidad erosiva es determinante en la producción de todas estas lesiones: aparte de la úlcera, gastritis, duodenitis, esofagitis), la disminución en el uso de dichos productos farmacéuticos está lejos de disminuir.

Por supuesto, cualquier análisis que implique múltiples variables biológicas es difícil de confeccionar, y, más aún, de poner en práctica, pero se me antoja que, independientemente de que dicho consumo haya podido aumentar en otros ámbitos (el de la protección gastrointestinal en pacientes, sobre todo los de mayor edad, que reciben diferentes tipos de fármacos potencialmente lesivos es, con toda seguridad, el de mayor importancia, dada la casi total generalización de esta práctica), el bichito no lo es todo.

Y, aunque sea sólo desde la pequeña (pero que estimo valiosa) experiencia personal y profesional, pienso que los mismos factores que nos alteran el humor, son los que nos producen un ardor, una diarrea, un infarto o una jaqueca. Son comunes.

No los llamaría desconocidos, por tanto: pero sí inaprensibles para nuestro nivel de tecnificación y conocimiento. Es de prever que todo llegará.

Si la comunicación científica encuentra tal cantidad de dificultades para ser asumida como válida, a pesar de superar una serie cada vez mayor de filtros que tratan de reducir todo tipo de tendenciosidad, ¿qué nos puede pasar en el terreno de la comunicación en pantuflas?

Obstáculo (click para ver en Flickr)

Quizás el principal obstáculo para la comunicación entre las personas sea la propia herramienta que se ha diseñado a tal fin: el lenguaje. Un instrumento que sufre, a lo largo de su larga existencia, una progresiva degradación y es sometido a la influencia de los poderes, sin que ello sea -la mayor parte de las veces- tenido en cuenta por el usuario común del mismo. La combinación de ese lenguaje perverso y las diferentes variantes de cognitive bias da al traste con casi todos los intentos de comunicación en la vida diaria. Curiosamente, parece que no es así y que la comunicación fluye, pero es sólo ruido, una mala interpretación (o falta de la misma) facilitada por el aislamiento personal y el supuesto welfare state en el que se nos dice que vivimos. La ausencia de comunicación se pone de manifiesto, nos golpea en las narices cuando surge un problema y no es posible abordarlo en términos dialécticos.

Volviendo al poema que me sirvió como entradilla, y volviendo a Rosita y a mis amigos, me parece que sólo cabe apelar a la empatía, a la intersubjetividad más benévola y cariñosa para salir de este paso sin resultar destruído. Nada fácil: es una de las piezas clave de la inteligencia emocional, uno de los proyectos más ambiciosos aplicados a la disección de la mente humana.

Ámame tú, sonríeme,
ayúdame a ser bueno.
No te hieras en mí, que será inútil,
no me hieras a mí porque te hieres.

También, con ésto, trato de agradecer y responder a las palabras de Laura en el post previo de El Pecador: no sé qué sentido tienen las cosas, pero sí procuro darles uno, y me reconforta saber o, al menos, pensar, que hay algunos otros que están en esa onda, y que los tengo próximos. Me adhiero al slogan de las 7S de la persona competitiva y feliz (parece una herejía hablar de competitividad sin que, inmediatamente, se te cuelgue la etiqueta de caimán o tiburón, dicho sea con perdón de estos dos no excesivamente simpáticos animales), al que quizá añadiría, si me fijo en Oriente, una octava ‘S’: Silencioso.

Para terminar, he de reclamar la duda como método de trabajo y avance, en oposición a la certeza inmovilista y reaccionaria. Y, para aflojar un poco, la reclamo con un guiño musical de título concordante. El autor, un virtuoso del ney, ha sido traído a mis oídos por El Centinela de este patio, y tocará en Gijón en unos días. Y lo iremos a ver. Y, después, cenaremos al estilo dominical, intersubjetivamente… o eso espero.