Decepción
Según nuestro referente lingüístico más académico, es el pesar causado por un desengaño.
En lo tocante a relaciones interpersonales, casi todo viene teñido de este color, ya que el engaño, ya sea colectivo (social/cultural) o individual, lo invade todo. Y la -llamada- comunicación está distorsionada por todos estos engaños.
Pensamos que un amigo debería estar ahí, pero no está. Que el amor lo puede todo, pero quiá. Que nos conocemos, pero no sabemos casi nada de nosotros, o, al menos, de nuestro carácter poliédrico. Que nos comportamos de forma correcta, honesta, honrada, justa, ética, simétrica, con el otro, pero no existe forma de medirlo, ya que los parámetros de ese otro no se ajustan a los nuestros, ni a ningún standard, así que nos equivocamos. Una y otra vez.
Anda por Asturias Lynn Margulis, una de las primeras en fijarse en las bacterias (células procariotas) como fuente de algo más que agresión hacia los organismos superiores (constituidos por células eucariotas, entre ellos, el humán -Mosterín dixit). Dentro de las teorías evolucionistas, ella defiende la llamada simbiogénesis (según la cual, especies diferentes podrían fusionarse en virtud de una mejora evolutiva) frente a la más clásica (y para ella también plausible, aunque piensa que de menor trascencencia y ubicuidad) neodarwinista (que hace residir en las mutaciones genéticas los pasos evolutivos). Me gusta su propuesta tanto como la de los memes de Dawkins et al : tanto, que hace tiempo que vengo diciendo (seguramente exagero) que la mujer y el hombre son ESPECIES diferentes, y, de su fusión, a veces surgen auténticas maravillas evolutivas. Es curioso, pero, según esta forma de ver las cosas, la unión entre homosexuales sería una opción más conservadora, menos arriesgada, más segura. Vamos, lo que suele promulgar la derechona. Tendrían que revisar sus conceptos (en pos de los votos, of course… algo hace Gallardón en ese sentido, y a alguien arrastrará con él), si no quieren perder cuota.
Bueno, que divago y me disgrego, o me distraigo. Revenons à nos moutons, como dirían las báipers sisters con su francés genéticamente transmitido, pero sólo reavivado a su paso por el mundo. Dado que la vida de relación (por distinguirla de la más contemplativa, de la que tiene que ver con los objetos y la Naturaleza, con las observaciones experimentales, de la ciencia, de las -graciosamente- llamadas verdades) es una constante ficción, no parece mala idea disfrutar de ella como tal, como si fuera una película, un libro, una pieza teatral.
Como dicen unos recientemente conocidos amigos transatlánticos, el premio está donde tú quieras que esté. Así que, concentrándome en el momento, y sin el tedioso y frustrante trabajo de ponerles nombres a emociones y sentimientos que pueden ser malinterpretados, o peor, tendenciosamente interpretados, sólo puedo decir que me siento alegre y que, aunque ello fuera producto de una ficción, no le restaría valor alguno, ya que todo lo es. No sería más que otra longitud de onda de este mismo espectro en el que está inmersa nuestra existencia.
Y si, de vez en cuando, de casualidad o no (Monod: El Azar y la Necesidad), encontramos a nuestro paso a quien nos ayuda a sentirnos alegres, no podemos más que decirle (y decirnos): ‘gracias, sé bienvenido a mi vida, feel at home’.
Pues en éso estamos, mi querida, amada Pi Xing (formerly known as Cui Ping Sing). A por nuestra simbiogénesis particular. Y a tratar de aprender algo: para este año, habrá que intentar leer a Dennett.
