También me sabe a chocolate, que, aunque podría ser lo mismo, no lo es. A veces, sin embargo, su regusto es más bien ahumado, como un buen whisky de agua de turba, y un poco picante, como el aceite crudo de oliva picual, con ese deje levemente amargo en la garganta. Me he encontrado con él, de madrugada, y me perseguía en sueños, o era yo el que lo perseguía, ya no me acuerdo. Al amanecer, esos días, su sabor era metálico y dulzón, como el de la sangre. No se por qué, ha habido veces en las que un intenso aroma a lavanda me inundó mientras lo recordaba: quizá eran días cálidos del pasado verano, de esos sin un ápice de brisa, en los que un paseo cerca de la costa te hace imaginar pinares y sicómoros desparramándose en lenta caída por el acantilado mediterráneo hacia el mar.
Estos últimos días es cuando más me sabe a hierba: verde, fresca y algo húmeda. Así me acordé de Serrat, y aproveché para dedicarles ese homenaje que es su canción a los que se aman, como lo hacían estos dos preciosos jovenzuelos que encontré en las playas del Este de La Habana, en Guanabo. Me acerqué para decirles que era una maravilla mirarlos: se rieron, se besaron, y se despidieron con un gesto cómplice entre ellos y conmigo.
Y, mientras buscaba en internet la canción para ponérsela de soundtrack en flickr a los amorosos bailarines, me encontré casualmente con el sketch de la película Palabras de amor en YouTube en la que Tete Montoliú acompaña a Serrat al piano mientras la cantan, rodeados de unos interesantes ejemplares de la sociedad del momento.
No me he podido resistir a traerlo aquí, tanto en homenaje a Serrat (¡era un nene!), como a la elegancia que destila aquella reunión, la sutileza de las miradas, la precavida mesura de los ademanes, la suavidad de las sonrisas…
De alguna manera, es un homenaje a todas estas cosas que no están de moda, pero están en tu nombre. Y están en tí.
Al llegar, me doy cuenta de que la toalla que metí en la mochila es pequeña. No demasiado pequeña, pero pequeña, al fin, ya que escasamente me permite apoyar cabeza y tronco sin contactar con la arena; las extremidades apendiculares deberán mantenerse en alguna postura arbotante, si se desea evitar dicho contacto.
Pienso si, en la fase de big crunch en que se halla mi universo unipersonal (el primo Contravoz me dijo, en Segovia, que le dejaba atónito mi oscilante existencia física: las fases de Big Bang -gordo, politoxicómano, promiscuo-, seguidas en unos años, no muchos, por otras de Crunch -flaco, vigoréxico, cuasieremita-; …supongo que todo esto tendrá que ver con la ciclotimia de la que soy pasto, y con múltiples X-files de lo que han dado en llamar mente); decía, pues, que probablemente cuando metí la toalla tenía vigente una representación de mí mismo más crunch de lo que en realidad soy -hasta la fecha: el proceso de shrinking aún está en marcha- y, bueno, ahora tocaba doblar las rodillas y tener los bracitos bien pegados al cuerpo, procurando no mirar con deseo y una cierta displicencia a mis vecinos y los toallones sobre los que se desparramaban.
Cada uno tiene su rito, al ejecutar una determinada actividad mil veces practicada. En mi caso, un buen rato después de haber extendido el exiguo trozo de tela sobre la arena, y de haberme despojado de las prendas que las costumbres permiten sin originar escándalo y ulterior aparición de las llamadas fuerzas del orden público (es decir, de todas excepto aquella que tapa el vello -¿bello?- púbico), me hallaba, libro en mano, haciendo una nada somera revisión (casi inventariado) del género humano circundante. Y, en esta ocasión, a diferencia de otras en las que dicho escrutinio no tiene por mor objeto alguno determinado, sino más bien la detección de, digámoslo así, cualidades concretas pero de distribución difusa, la tarea que mi cerebro desempeñaba era la búsqueda y análisis rápido y secuencial de UNA silueta femenina, esbelta y elegante, de fácil distingo entre muchas otras.
Me di por vencido: una aguja es, ciertamente, muy diferente de la paja, pero no por ello fácil de encontrar en un pajar… ¡y puede que ni siquiera fuera aquel pajar! Cosas de las premoniciones, en fin.
Helena o el mar del verano me tuvo absorto hasta que llegaron Pepix y Lagavulin, que al verme exclamó: “¡Que sobriedad, que austero se te ve sobre esa toallita de bidet!”. Parece que, efectivamente, se trataba de algo objetivo. Tras unas risas respecto a mi talante oteador previamente descrito, comentamos alguno de los pasajes del libro de Ayesta, autor gijonés de -creo- escaso conocimiento general, pero muy recomendable, al menos en lo que se refiere a esta preciosa y divertida novelita.
Cerca de nosotros, instaladas comme il faut (es decir: con sus sillas y tumbonas, sombrillas de rápido despliegue y firme asentamiento antivendaval, juegos de naipes, labor de tejer y/o coser, todo tipo de comidas y bebidas, potingues variados para sus pieles y las de algunos infantes -una recua- que parecían estar bajo su gobierno…), despachaban a gusto un grupillo de mujeres de edades tan variadas como indefinidas (de hecho, no llegué a saber si aquellos niños eran hijos, nietos, sobrinos o endosados varios), con un timbre de voz digamos que muy gijonés (chorro potente, tono más bien agudo) y, bien clara despreocupación por si el entorno se estaba enterando de su conversación, bien manifiesto interés en que así fuera.
Tendido boca abajo, ya perdida toda esperanza de no rebozarme en arena (a lo dicho previamente, se añadió una brisilla -por llamarla suavemente- que resultaba un auténtico incordio), decidí cerrar los ojos y abandonarme al cotilleo y la imaginación. Suculenta y asombrosa charla la de aquellas féminas: la líder del grupo -unos 30 años, aventuro-, claramente distinguible por su voz aún más estridente, recababa información entre las otras sobre sus habilidades en el manejo de interné. Porque hay que decir que ella, desde que había puesto el su hombre un rúte, se animaba a entrar mucho más porque aquello iba como un tiru, y metíes lo que fuera nel gúgle y sacábatelo todo por la impresora láse, como un libru, neña. El problema era que, ahora, al haber sólo un ordenador en la casa, el su hombre protestaba porque ella se pasaba muchas horas delante de la pantalla y él no podía conectarse practicamente nunca en su tiempo libre.
- No fía, ya y lo dije l’otru día: “lléveslo claro, chaval: ¿que me quite yo?, ¿pa’ qué? Si tú sólo quiés ponéte pa’ ver págines porno y hacéte pajes… ¡Pues no! Folles más, que ye lo que tiés que hacer, y déjeste de osties, que me tienes contenta”. No, fía, no: tan muy mal enseñaos, y éso ye tóo la madre, la bruja d’élla, siempre caprichinos p’acá-p’allá… Pero a esti voy ponélu yo al hilo, verás…
Después, vino el sopor, y más tarde, el baño con Lagavulin, nadando hasta la boya de la bocana del puerto, con un inconfundible estilo pedestre, o como fuere el adjetivo que sería aplicable a esa descripción en el agua. Mientras charlaba con él en mar abierta, viendo salir los barquitos y planear en busca de algún pez las gaviotas sobre nuestras cabezas, se me ocurrió contaros lo que había pasado por mi cabeza aquella tarde del mes de Agosto. Al salir del agua, volví a recorrer la playa con la mirada, intentando de nuevo dar con la silueta, lógicamente sin éxito.
Llegué a casa y me puse a escribir. Encontré apropiadas unas canciones de Bob Dylan (la primera en extraña versión byBrian Ferry) para jalonar el texto. Pero abandoné la idea, por si pudiese resultar inoportuna.
Ahora, en pleno fake invierno, sale por fin a la luz porque nos hemos vuelto a encontrar, la aguja y yo. A veces, ya jugamos al cíclope. Y parece que nos queremos.
I once loved a woman, a child I’m told
I give her my heart but she wanted my soul
But don’t think twice, it’s all right
La libertad significa conflicto, y éste debe resolverse mediante el diálogo. Éso hemos oído siempre. Roger Scruton (Filosofía para personas inteligentes, Ed. Península 288) propone 5 asunciones para que éste sea posible:
1. En un diálogo, ambas partes deben ser racionales, es decir, capaces de dar y aceptar razones para la acción, así como reconocer la distinción entre buenas y males razones, entre argumentos válidos e inválidos, entre justificaciones y meras excusas.
2. Ambas partes deben ser libres, es decir, capaces de escoger, de actuar intencionadamente en busca de sus objetivos y asumir responsabilidades sobre cuanto acontezca.
3. Cada parte debe desear el acuerdo de la otra y estar preparada a hacer concesiones de cara a obtenerlo.
4. Cada parte debe ser considerada soberana en materias que conciernan a su existencia misma como agente capaz de elegir libremente. Su vida, seguridad y libertad deben ser consideradas inviolables y romper esa norma significa pasar del diálogo a la guerra.
5. Cada parte debe entender y aceptar obligaciones; por ejemplo, la de hacer honor a un acuerdo.
Pero bueno, ¿de qué estamos hablando? Dejémonos de deseables y miremos en derredor (recordando siempre que somos la élite, en lo que al vasto mundo se refiere, y en materia de libertades) y contestemos a la pregunta pensando en los mimbres con los que están construídos los cestos que nos rodean, empezando por el nuestro propio.