No me he olvidado de traer poesía, no. Pero el fin del año pasado y el comienzo de éste han sido tiempos ajetreados, sin apenas hueco para la lectura. Pido disculpas por ello a quienes comparten conmigo el gusto por ella (la poesía, la lectura, tanto da…), esperando vivamente que las próximas entregas no defrauden sus expectativas.
Para reanudar la andadura poética, no puedo menos que aprovechar un regalito que, gentilmente, mis queridos Pepix y Lagavulin me han traído de su viaje sudamericano. No siendo ellos, precisamente, unos grandes devotos de la lírica, tiene doble valor que se hayan acordado de mí en estos términos. Además, el libro (Borges de Buenos Aires, Ed. Emecé) es una joya desde el punto de vista de la ilustración fotográfica, a cargo de José Luis Di Zeo y Carlos Greco.
También es una joya el reportaje del periplo por Argentina, Chile y Bolivia que han hecho tanto ella como él. Mucha envidia de acompañarles por tan magníficos parajes y, según cuentan, en tan buena compañía.
Para mí Borges es, sobre todo, tristeza. Incluso melancolía. A veces, quizás, con unas gotas de amargura. El poema de hoy va en la línea, y en dos tramos. Entre ambos, permitid que ponga un poco de hielo patagónico que me traje, hace años, de allá con Luisito. Para ambientar, nomás.
I
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II
Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.
Antológico, Borges, ¿no os parece? Pues muchas gracias a ArtuPepix por el delicioso presente, que será también futuro.
Quiero, antes de despedime por hoy, dedicar unas líneas a contestar a los que en posts pasados habés tenido la amabilidad de participar. Sabéis que acostumbro a responder más o menos pronto, pero el antes citado ajetreo me ha tenido un poco apartado de la edición, que no de la atenta observación de lo que por aquí se cocía. Así que:
Raitana Mora: me encantó el poema que nos regalaste para el año nuevo. Una maravilla. Esperemos, eso sí, que no encontremos demasiada (¿cuánta es?) niebla en el camino. A tí te toca lo que te toca, claro: pero tú ya lo sabes. Gracias por esa confianza, epicúrea.
Manolito: que célebre (de celebrar) verte por acá. Eres muy bienvenido, y comparto tu deseo de que no nos falte la salud. También espero que el cafelito donostiarra no se nos antoje tan difícil en venideras…
huesu, mi querida recensora fílmica: has planteado una serie de preguntas sobre condición humana caníbal que se me hace cuesta arriba responder aquí… Pero podemos hablar sobre ello mientras tomamos café o cenamos, y que se apunte al debate el que quiera de este patio, ¿te parece? Seguro que sería muy interesante y animado.
contravoz: a las cinco no pasó nada. Ya había pasado todo. Una copa de vino, otra vacía, y un tenedor. Así es: ni más, ni menos.
Tequila y Sal: yo entresacaría, como tú has hecho, ESOS versos del poema de Corredor-Matheos que nos brindó la Raitana. Y, también, hago hincapié en seguir pasándolo bien juntos, en compaltil, que dirían en Cuba. Querida hermanita.