No. No estamos en el San Francisco posthippie. Ni siquiera en Los Angeles. Y yo no soy el borracho ocurrente de manos finas y blancas que era Hank.
Sin embargo, un halo de sordidez une aquel tiempo con éste. O, mejor, aquel espacio con éste. La vida, tan cambiante, siempre tan repetitiva.
Es casi mediodía y sigo en la cama. Mi cabeza da vueltas alrededor de la náusea y una especie de huracán que suena ahí fuera no ayuda mucho a que mejore. Tampoco el olor a humores rancios que atraviesa una especie (¿otra especie?) de hule que me separa del baqueteado colchón en el que me hundo.
Además, ¿adónde coño iba a ir, lloviendo a mares, con las calles llenas de charcos, en una ciudad tan destrozada como si hubiera terminado ayer una guerra y la maqueta se pudiera visitar? Sólo el bullicio de la gente le quita esa impresión a las calles de las ciudades de este país. Pero con esta mierda de tiempo, ni gente hay.
Se suele decir que “se bebe para olvidar”. Es curioso, porque aquí parece que sucede algo distinto. Cuando hablas con ellos, aún “serenos” (ha de ser temprano), parecen estar hasta los mismísimos de esta vida, de este régimen, de la jodida Revolución, del “barbas” (como se refieren aquí a Fidel, haciendo un gesto de mesarse el mentón al tiempo que se golpean con dos dedos de la otra mano los “galones” en el hombro) y de toda la cochina realidad en la que no les queda más remedio que estar inmersos. Pero, si se toman unos tragos contigo y se trata de largar sobre el rollo político, surge de sus profundidades una defensa aguerrida de todo “lo propio”. Y, entonces, “la igualdad social es un triunfo de incomparable trascendencia, estamos en el centro de la política internacional gracias a la inteligencia de éste y a los cojones que le echa el hermano, somos autosuficientes a pesar del bloqueo yanqui, nuestros sistemas de seguridad mantienen la paz en el mundo…”
Y, claro, seguís tomando: tú y ellos, ellos y tú. Bebiendo para recordar. Y las botellas de ron parecen más pequeñas que en tu país. Pero no. Son iguales. O más grandes (la de ayer era de un litro), sólo que se acaban antes. Y luego te empiezas a marear y te dan arcadas y vomitas y te duele la cabeza y no te levantas hasta la tarde.
Si yo estoy así, me pregunto cómo estará Junieska. Creo que se escribe así: debe venir de algo ruso, pasado por el tamiz caribeño… pero cuando le iba a pedir que me escribiera sus señas ya estaba demasiado borracha. Y como no le gustaba hablar de política (los jóvenes posrevolucionarios es lo que tienen: son unos descreídos, es su rebeldía), me sugirió que fuéramos a chingar (aquí le dicen así a follar, la mayor parte de las veces) a mi casa. Traté de explicarle lo de la canción de Krahe, pero ni caso: en ésto sí que son bukowskianos. Al final, le acabé diciendo lo mismo que la noche anterior a Rachel: “mira, te vas a reir, pero es que no me toca follar hasta Enero, y todavía estamos en Octubre”. La verdad es que se rió bastante, sí: una sonrisa blanca y preciosa, abierta y franca, enmarcada por el raso negro y turgente de su piel; y, por encima de dos pómulos salientes como nalgas de bebé, a través de otras dos blancuras, esta vez no tan abiertas, sino profundas, las más de las veces con un halo triste, sumiso, vergonzoso (penoso, dicen acá), me miraba interrogándome. Es lo que tienen estas muchachitas de veinte años.
Tienen éso, y un difícil equilibrio entre la sobriedad alegre y la borrachera. Y también la tripa tan llena de arroz y frijoles que, cuando empiezan a vomitar no hay quien las pare: cuando había salido de aquella boca tan preciosa el contenido equivalente a una olla mediana, pensé que era el momento de meterla en el coche y acercarla hasta su casa. Pero a la segunda curva -o al tercer bache, que, benévolamente, llaman hueco, tanto da- que nos encontramos, otra considerable cantidad de legumbres se esparció por los asientos a modo de spray aromatizado al ron.
Casi cuarenta años para verme acompañando a esta pobre infeliz de veintidós a su casa a las tantas de la mañana y presenciar la incendiaria soflama que una bella señora, de silueta alta y delgada sólo visible en la negrísima noche del reparto de Cabacú por la túnica o camisón blanco que llevaba puesto, les impartió a sus amigas Doralis y Marlex: “¡ni para la PINGA se acerquen más a mi hija!, ¿lo oyeron?, ¡ni para la pinga vuelvan por acá!”.
Quizá nos hubieran venido bastante mejor unos cuantos pingazos a ella y a mí, que la charla y el puto ron añejo. La verdad. Pero es que estas condiciones, tan aparentemente sexuales, este clima erótico que se dice respirar, actúan sobre mí por otros cauces cuyo resultado es similar al que supongo que debe tener una sobredosis de bromuro. ¡Que horror! No todo va a ser follar, me lo tengo dicho cienes y cienes de veces, pero ésto ya parece una especie de maldición: ¡si aquí se dirigen aviones de todas partes del mundo para dar candela!, como suelen decir constantemente…
Hablando de sobredosis, tengo una teoría. Al igual que Obélix se cayó de pequeño en la marmita en la que Panorámix preparaba la poción mágica, lo cual le confirió una fuerza extraordinaria durante el resto de su vida, aquí parece que el personal también se haya caído en una marmita de pequeño, pero, en este caso, de Valium. O quizás es que el Caribe es una suerte de gigantesca marmita de ron caliente, en la que se cuecen los países antillanos a fuego lento (sólo empiezo a conocer éste: de los demás sé referencias, pero no muy discordantes).
El viento y la lluvia siguen golpeando las tablillas de la contraventana. El viento y la lluvia tienen nombre: TT Noel. Una suave tormenta tropical que no llegará a ser ciclón, según se cree. Estamos a final de temporada y suceden imprevistos, sin embargo.
Después de haber recorrido la isla de lado a lado, con menor inquietud para seguir visitando nuevos sitios que hace más de dos semanas, hoy sería un día perfecto para estar en esta habitación y dejar que Noel se vaya calmando, en compañía de la dichosa botella de ron (menos de un cuarto, que va bajando poco a poco y quitándome la resaca, o tal vez sea el Enantyum lo que lo logre, o ambos), de este paquete de Vegas Robaina (joder, hasta he vuelto a fumar: me da vergüenza escribirlo, pero que rico está este tabaco negro sin filtro) y de una hermosa jovencita acostada a mi lado. Ya me empiezan a dar sudores.
Pero no puede ser. Me da sincera envidia quien puede disfrutar de los placeres de la piel y los sentidos más carnales, manteniendo la mente en ese plano, sin dejar que se vaya a otros que puedan interferir -obviamente, de forma negativa- en el festín.
Por mucho que reviso mi “zurrón ideológico”, no sé a qué achacar esta estrechez. La cosa se podría (se puede) ver de una forma más simple: este es un país sin el aplastante peso de las religiones monoteístas sobre la sexualidad (para una vez que hay algo así, otra lacra de igual o peor calado se instala en las conciencias: ¿es que lo necesitamos?), en el que ésta se vive como disfrute desde temprana edad, la mujer parece relativamente libre para ejercerla a su antojo (quién sabe lo que me encontraría, si tuviera oportunidad de conocer esta sociedad a fondo), y toma una actitud activa, y no SÓLO se acerca a tí porque eres un yuma (extranjero con dinero) y una fuente de divisas (en el mejor de los casos, un medio para abandonar el país). También entra dentro de lo razonable que le gustes, que te vea tan exótico como tú la ves a ella, que tenga ganas de salirse de su tediosa (cuando no directamente horrible) vida cotidiana con alguien a quien ella elige…
He conocido a jineteras (se llama jinetero a todo aquél que trapichea con algo, aunque se conozca la expresión habitualmente referida a las mujeres y el sexo de pago) pero también, y en mayor número, a chicas con sus profesiones o trabajos: peluqueras, contables, informáticas, profesoras de marxismo, estudiantes de 9º grado en nocturno, camareras, profesoras de baile tradicional y salsa, enfermeras (¡enfermeras!), médicos, profesoras de canto (aquí hay muchas profesoras, como se puede ver…), biólogas, dependientas, en fin, una variada representación. Todas entre 17 y 28 años (las mayores de 30 parecen estar en otra dimensión, y no en la de “salir solas a divertirse”, llamémoslo así).
Con ellas he estado tomando café, copas, almorzando, he ido a la playa, de excursión, a su casa, he conocido a sus padres, bailado (¡bailado!), paseado y, sobre todo, charlado.
Y, lo que sobresale de todas esas horas compartidas con ellas, es una gran ingenuidad e ignorancia. O al revés. A los 18 y a los 25. Con hijos y sin ellos. Profesionales de carrera o trabajadoras manuales. Comparten esos rasgos que les dan una especie de candidez de la que sientes, inexorablemente, que te estás aprovechando. Y, a lo sumo, ellas pueden sacar de tí un puñado de dólares, contantes o en especie, historias “del otro lado” con las que seguir alimentando su imaginación, una esperanza de huida. Es simplemente desolador.
Y sus culos meneándose, noche tras noche, en la Casa de la Trova. Sus caderas cimbreándose al son de Compay y otros ritmos. En ese momento, el momento del baile, parece como si encontraran el antídoto contra el Valium. Contra todo.

Una auténtica máquina de follar. Pero out of order.
¡Ah! Si no estoy de vuelta para San Willibrordo, preguntad en el consulado…