El Beso – Rafael Espejo

Liki Fumei | Poesía | 27 de Septiembre, 2007

Sí, es cierto que no sabes los besos que te caben en la boca, y sé que no te cansarás de preguntar si éste es para tí… Pero tú sólo piensa que, a veces, el olvido se equivoca, y, aunque esta vez se acuerde de tí, no sólo no te hará daño, sino que te acariciará.

Un dedo masculino y corazón
surca las languideces de esos labios
débilmente entreabiertos.

Se siente un leve soplo.

Tras los ojos cerrados
cada cual imagina el lento beso
que comienza a brotar.

Saborean. Demoran el deseo.

Los amantes quisieran comprobar la emoción
desde el cuerpo del otro,
fingen que fingen.

Quieren hacer un beso
que la lluvia del tiempo no erosione.
Que permanezca mínimo y total.

El beso que han leído tantas veces.

Y cuando al fin comparten la saliva
les queda la impresión
de haber equivocado algún detalle.

Es pura belleza. Y así fue. Y es. Que sensación, ¿verdad?, la de demorar el deseo… Te enciende y la apagas, si es que puedes, mientras te quemas, pero con gusto… ¿Quién no la ha sentido? Se la recomiendo, aunque no se encuentra en las tiendas.

El Beso en Flickr

Para los clásicos y/o los faltos de capacidad evocadora, Lagavulin acaba de colgar una perla que explica esta marea de sentimientos.

Tomado del libro El vino de los amantes, publicado en poesía Hiperión. Se trata de otro joven poeta andaluz, en este caso cordobés (Palma del Río, 1975), ganador del XVI Premio de Poesía Hiperión (2001).

Insomnio – José Antonio Padilla

Liki Fumei | Poesía | 21 de Septiembre, 2007

Hoy todo se agolpa.

Pero, lo que más, mis emociones. Y, entre ellas, mis quebrantos.

Allá van…

Qué hago aquí,
en esta intimidad de brújula,
al este
de un barrio sin futuro.

Qué hago aquí,
imaginándote
sílaba a sílaba,
deletreándote
hueco a hueco.

Debajo de mi insomnio
parece que hace guardia un coche fúnebre.

¡Vaya día! Quizás tendría, pero no debo. Siento ser opaco.

Del libro, Noches Áticas, de este joven (1975) poeta malagueño, en e. d. a. libros.

Afterhours: Lagavulin & Liki

Liki Fumei | Fotos, Hedonismo, Música, Nuestra Gente, Varietés | 14 de Septiembre, 2007

Era domingo y fuimos a la capital: ninguna como ella tiene, en nuestro ámbito, esa sensación de pueblo pequeño y pacato. Los especímenes -variados- que por allí circulan suelen ser conspicuos por su enseñoramiento. No faltó el ejemplar de la bohemia rancia y los cincuenta al caer: ese es uno de los must del así llamado Oviedín, y verlo en indumentaria de noche templada de final verano es todo un estremecimiento para los sentidos.

La cena no fue nada del otro mundo, pero tampoco estuvo mal. Desde luego, lo mejor vino a medida que todos nos fuimos conociendo. ¡Que cosas se nos ocurren! Toda aquella gente tan diversa allí mezclada: muchos se conocían de poco, otros de nada. Pero fue una de esas veladas con algo mágico que fluye y envuelve. Saltamos de lugar común a otro algo menos, con la sensación de que algo podía quedar, de que no todo se lo iba a llevar el río de la noche.

Y, como en la canción, nos dieron hasta las tres, y más de las cuatro, a pesar de que algunos -pobres- de los contertulios tenían que incorporarse a su jornada laboral pocas horas más tarde. Pero, hete aquí que no era este el caso del conocido aventurero Zalacaín, quiero decir, Lagavulin, ni el mío propio, ya que, tras habernos pasado el sábado anterior recluidos en nuestros respectivos hospitales, atendiendo lo mejor que pudimos las necesidades más perentorias de aquellos enfermos que se encontraban a nuestro cargo, también respectivo, c’est a dire, “de guardia”, disfrutaríamos de la correspondiente libranza el lunes siguiente, c’est a dire, mañana, c’est a dire encore plus, ¡en unas horas!

Y nos dió por planificar un afterhours, pero versión ‘biosport’, que nos va más que el ‘toxicdance’: un recorrido en bicicleta por los alrededores de la ría de Villaviciosa, que tendría un atractivo ornitológico y fotográfico añadidos al que de por sí tiene pasar un día -que se pronosticaba extraordinario- al aire libre, relajadamente y haciendo algo de ejercicio.

DOF

Bueno, pues, a pesar de la imaginable dificultad para despegarse de la cama después de una zambullida onírica tan escueta, nos lavamos como los gatos, metimos mi bici en el maletero del ferrari de Artie (ojo: es rojo) y nos fuimos hasta Deva, con el fin de tomar prestada la de Juanín (1.85 m., 80 kg.), porque el escocés lleva todo el verano llevando la suya a poner a punto… pero debe ser que la lleva a sitios inadecuados: quizá a las panaderías, o, por qué no, a las tiendas de efectos navales y, claro, aún no se la tienen preparada. No quiero ser repetitivo, pero hay que recordar el lema del verano: no todo va a ser… Total, que Juanín nos dejó amablemente su bici, y nos fuimos para la Villa. Un café con croissant en lo de Vicente ayudó a terminar con la modorra, y partimos hacia El Puntal por la margen oeste de la ría, entre el calorcito del sol y el fresquito de una suave brisa marina, dispuestos a ver lo que hubiese que ver.

Garceta común
Manzanas
Ocalitos

Y, para ver, hay que mirar: miramos mucho y despacio, invadimos alguna que otra propiedad, con mucho cuidado y respeto, nos agazapamos, acechamos, oteamos y… ¡claro que vimos! Pájaros, colores, frutas, árboles, la hierba recién segada y ya en pacas, derelicts, paisanos a su aire… de todo un poco. Antes, al salir del pueblo, Artie se encontró con un señor llamado Pepe, a quien conocía de los veraneos en una casa próxima a la suya, en El Puntal, cuando era niño; su casa era una casa de aldea, regentada por sus hermanas, Tere y Flor, con quienes existía un vínculo familiar de antaño, ya que habían trabajado en casa de nuestro común tío carnal Amalio (padre de Vengamarc, ManolitoContravoz, así como de Mauricín, éste sin actividad blogósica demostrable hasta la fecha).

Ahora, con setentaitantos años, aún soltero, seguía conservando un aspecto envidiable, espléndido, al parecer como consecuencia más o menos directa de la recta observancia de una máxima autóloga que ya entonces predicaba a quien le quisiera escuchar (a Lagavulin, al que se puede ver aquí acompañado de algunos de los antes citados y de otros más en los tiempos de aquellos veraneos, le aplicó dicha admonición unos años más tarde…). A continuación se reproduce, sin ninguna fidelidad, un extracto de sus declaraciones illo tempore:

- Qué, Pepín: ¿nun te cases, oh?
- ¿Casáme, casáaame? ¡Que voy a casáme, Arturín! Hay que casáse pa’ mejorar…

Lagavulin aceptó encantado la invitación a pasarse por aquella casa ahora rehabilitada, en la que, al menos, encontraría a Tere. Antes tuvimos otro jugoso encuentro en las afueras de El Puntal con uno de los llamados ‘barqueros de la ría‘: los Bonhome;  es probable que pronto nos hablen de un curioso asunto relacionado con lo allí expuesto y con una pequeña historia que, aunque parezca remota (incluso a algunas viejas glorias del lugar se les antojaba así), está relativamente próxima en el tiempo. Será, sin duda, desde la desolada isla.

Y, mientras él comía y era tratado a cuerpo de soberano, como tengo entendido que es habitual a manos de tales anfitrionas (Pepín parecía saber de lo que hablaba), yo me fui a expurgar mis pecados (que son tantos y tan variados como graves e intensos; así ocurre que ya se va haciendo público y notorio: hasta en México siguen a este Pecador con sorprendente denuedo) a través de la unión ascética ‘zapatilla-asfalto-cuestas interminables de la zona de Niévares‘, haciendo de avanzadilla por las carreteritas que después transitaríamos para volver a Gijón. Allí pudimos ver, entre otras cosas, una hermosa y aletargada camada de gatos, de entre los que me llamó la atención este rubiales.

Rubiales

Ya de vuelta en los dominios del Milodón, tuve la oportunidad de estudiar un rato sobre mi tema preferido, y degustar una rica taza de café que nos hizo Jorgito (1.90 m., 95 kg., medidas aproximadas, facilitadas por la organización: ya se sabe que siempre barren para casa…) mientras charlábamos apaciblemente y la tarde iba cayendo con un sol incendiario sobre la pagoda en la que tiene pensado recibirnos esta amable familia a partir del próximo solsticio. Ellos sabrán lo que hacen. Un día magnífico, en el que acabé pudiendo intuir aquellos míticos destellos en la oscuridad… Definitely, it’s not yet time to die. Even afterhours.

La Pagoda del Milodón

No volveré a ser joven – Jaime Gil de Biedma

Liki Fumei | Nuestra Gente, Poesía | 7 de Septiembre, 2007

Con un ligero retraso, llega el poema de la semana, esta vez en viernes.

El retraso se debió a inclemencias varias en mi disponibilidad lectora y editora, y a que quería dar un poco más de tiempo a las respuestas al post precedente, aunque al final ha sido en balde.

El poeta de hoy -admirado poeta- ya ha visitado previamente este espacio, con El Arquitrabe, casi en los inicios de esta singladura.

Quiero dedicar su poema a algunas personas con las que últimamente he tenido ocasión de hablar de la vida, a veces en los términos que en el poema se encuentran. Todos ellos son, de manera más o menos asidua, visitantes de este patio; como quiero citarlos, y no sé si les gustaría, los llamaré indistintamente por su nombre de pila o por un pseudónimo que ahora mismo me invente, intentando que sea distintivo (para ellos, claro):

para Sandra, porque dice que no le gusta la poesía, y así tendrá otra razón para pensarlo, o no, quién sabe

para Gecko, que de tanto vivir en espiral centrípeta, ha olvidado su natural centrífugo (¡retómalo, carajo!), ya no se reconoce ni se gusta, y sufre por ello

para Alberto que trata de esconder su normalidad entre fantasías, y, aún siendo tan insultantemente joven, ya va necesitando poner los pies en la tierra y agarrar la vida por las solapas, antes de que ella le dé una coz y lo deje tullido

para Brideshead porque, como le dije hace poco, está hecho de una pasta extraordinaria, y es lástima que se derroche “por los callejones del juego y el vino”

y, finalmente, para Kalamarata, porque tiene que ser más indulgente consigo misma, y fluir y dejar que todo fluya, incluída nuestra amistad…

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Murió joven, víctima de un sida en los tiempos en que era mortal de necesidad.

Representación

ManFerro | Opinión, Sociedad | 3 de Septiembre, 2007

Es bien sabida y dicha esta faceta humana. la traigo aquí por lo inusitado de lo representado.

En el orden llamado cultural es frecuente ver rituales miméticos que llevan siglos de uso. Por ejemplo, las religiones. Más recientes, los nacionalismos. No suele ser así cuando se trata de manifestación formal o diseño. Resulta imposible, en Occidente, ver alguien vestido como en el XIX. Hay abundantes restos del orden del XX. Por ejemplo, las llamadas autoridades así siguen. Aunque, en época electoral, la derecha amenaza con quitarse la corbata, un hecho muy reciente pero significativo.

La enfermedad tiene una representación variada. La gente utiliza modelos diversos de acuerdo a actitudes sociales e individuales diversas. La enfermedad se sitúa inevitablemente en la cama. Puede haber silla, sillón, calle, hacer lo de siempre o estar en un 8,000. Sin embargo, la variante cama suele ser preferente.

Hace unos días he visto a una persona con el modelo clase media o alta de principios del siglo XX. Era hombre, estaba echado en decúbito supino -boca arriba- apoyada la cabeza en una almohada, la cama perfectamente acondicionada, colchas estiradas, colgantes, sin arrugas, buen embozo -¿qué es ésto?-, albura de sábanas, brazos cruzados y manos superpuestas -actitud cadavérica o canónica-. Una representación tan lograda, que parecía un montaje teatral o de cine.

Para que este modelo sea tan perseverante y rancio, se precisa una mente adictiva y que esté bien fijado el hecho a reproducir. Dicho de otra forma, era un creyente. Por tanto, obediente, disciplinado, ritual, perseverante, de una pieza, con moral y orden en una dirección. Alguien que siempre tiene las cosas importantes claras. Alguien que sabe todo sobre verdad y culpa. Y, aparentemente, cumple reglas y roles. También precisa de un entorno, en general femenino, que se identifique con lo anterior y monte la parte externa del diseño. Todo lo que siguió se fue precipitando hacia el tiempo perdido.

Suena mucho la identidad.
Pero, ésta, extrema, ¿qué es?
¿Será locura?
¡Buena pregunta! ¿Qué es locura?

De cualquier forma, acabé en el Modelo T.