Quedan 21 días, con sus noches, para el equinoccio -entre otras cosas.
Los pronosticadores habían augurado un 2007 tórrido, pero parte del cambio climático tan en boca de todos debe ser, precisamente, seguir siendo tan poco predecible como siempre había sido.
Los días se acortan, hasta hacerse como las noches y después más pequeños. Y así, hasta el próximo solsticio, iremos enfermando un poquito más cada día de falta de luz y calor. A veces me pregunto cómo harán para sobrevivir en el norte de verdad, y no en este norte relativo y paradisíaco que nos ha tocado a algunos. Y me respondo con argumentos variados (algunos terribles) pero el principal es un tópico: nuestra famosa capacidad de adaptación (¿seremos capaces de respirar en una atmósfera pobre en oxígeno en un tiempo cosmológicamente pequeño? Ése sería un gran paso adaptativo. Uno de los grandes saltos evolutivos hacia el homínido fue, sin duda, el desarrollo de la capacidad prensil avanzada, es decir, la que, a la primitiva garra, añade el movimiento de pinza del pulgar con el resto de dedos. Poco hemos avanzado, me temo, desde entonces… ).
En otro orden de cosas, empieza un nuevo curso académico, o lo que así hemos dado en llamar.
La poesía de hoy viene en formato de cortometraje documental, está dirigida por el brasileiroJorge Furtado, y es una oda muy particular a la delirante existencia humana. Quizá haya alguna mente, de entre las de más corta edad, que aún sea impresionable por un canto como éste. Si es así, El Pecador se lo dedica gustoso como lección de apertura de dicho curso.
¡Ah! Se me olvidaba decir que, en efecto, dios no existe. Él me lo ha confirmado recientemente. Y que el mundo está lleno de islas, flores e islas de las flores.
Ha tardado, Don Antonio, en venir a El Pecador en primera plana (ya nos visitó, entre bambalinas, de la mano de la Raitana). Pero espero que se le reciba bien, de todas formas.
Parece ser que él dedicó este poema a Julio Romero de Torres. Yo se lo quiero dedicar a Don José, ese gran cazador, porque está a la vuelta el otoño y seguiremos siendo amigos, en las montañas de Babia y en los chigres de Gijón…
Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros.
Zarzas, malezas, jarales.
Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor;
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos,
caminando un cazador.
Y, para acompañar (¿le gustaría Nancy Sinatra al poeta?), esta música algo despechada que dedico a Lagavulin, ya que está emparentada con la que él me dedicó hace unos días, y secunda mi emoción:
Espero que os guste, y siga el disfrute de esta vida tan, pero que TAN corta…
Todo había empezado con un correo electrónico proveniente de Lausanne, el 30 de Junio:
“Querido primo:
Por favor reserva el fin de semana del 12 de Agosto para venir a Suiza.
Quiero inscibirte en la famosísima carrera Sierre-Zinal que es uno de los momentos álgidos del verano corredor.
Es para tomárselo lento y con filosofía… para ser capaz de llegar.
No me defraudes y confírmamelo. Amalio”
Este link al website de la organización venía en el mismo correo.
Nada más recibirlo, en el aeropuerto de Barajas aún, a la vuelta de Irlanda con ArtuPepix y Milodón, le respondí que me encantaría, pero que las cosas iban a estar difíciles para esas fechas en el trabajo. Así parecía, en efecto, pero, después de unos juegos de ingeniería logística para encajar las guardias en el hospital y con la inestimable colaboración para la causa de mis queridas compañeras Sérix y Águix, el proyecto era factible. Otra cosa era la preparación: casi sin darme cuenta, con el tiempo bastante escaso para hacer algo de entrenamiento específico (¡gracias, Willy!), las fechas se habían echado encima y allí me encontraba. Parecía increíble.
El ambiente era difícil de describir: los corredores, como reses antes del marcaje a fierro, nos agolpábamos en una especie de cercado en torno a la línea de salida. Quien más, quien menos, todos llevábamos un rato calentando: trotando, estirando los músculos, orinando nerviosos el exceso de adrenalina, hablando sin parar o mudos de la emoción…
Una banda folk en la que destacaba un banyo animaba la madrugada con un pot pourri de canciones suizas, country y ‘all around’ pop. ¡Que extraño y excitante resultaba todo!
Pistoletazo de salida, y a correr. Un pequeño tramo de asfalto daba pronto paso al empinado camino forestal por el que aquella marabunta de australopithecus bufábamos al impulsarnos, intentando adelantar algunas posiciones, buscando un sitio que no se sabía muy bien cuál era, resbalando al no ver dónde pisábamos en la noche negra de luna nueva, tropezando a veces, pero siempre con exquisita corrección en el fragor del esfuerzo:
- pardon! buff! -c’est pas grave… arff! -excuse-moi… pouh! -ça va, ça va! harsh!
La mayor parte del tiempo no se podía correr sensu strictu, bien por el gradiente, bien por lo atestado: incluso en determinados recodos la hilera se paraba forzosamente, para poder discurrir uno por uno por un paso estrecho o más expuesto a la caída. Increíblemente, en alguno de esos momentos había quienes (puede que dos) aprovechaban, unos cuantos metros por detrás de nosotros para… ¡TOCAR LA TROMPETA! Y no lo hacían del todo mal, arrancando de todos unos aplausos estentóreos en lo que se convertía en un breve conato de ópera surrealista montuna.
A pesar de lo dicho, la mayor parte del tiempo se subía con un paso largo y de alta frecuencia, suficiente para que se agradeciera el relevo que, como en el ciclismo, nos dábamos el uno al otro. Mi mente se iba a aquellas frases de la insigne canción de Bob Dylan:
How does it feel?
To be on your own…
… with no direction home,
like a complete unknown:
Like a rolling stone!
Así llegamos, casi inadvertidamente, al primer puesto de avituallamiento de los seis previstos, tras haber librado en poco más de una hora casi 600 metros de desnivel. Nos encontrábamos fuertes y sin apenas ganas de reponer líquidos, por lo que un vasito de pócima isotónica cogido al paso fue todo el repostaje.
Al seguir ascendiendo, el pelotón se fue disgregando, y también las coníferas del bosque, haciendolo más penetrable para las primeras luces de un amanecer azulado. También empezaba a notarse una caída en la temperatura bastante acusada: estábamos cerca de 2000 metros y el nivel de nieve alrededor de 2400. Las manos se hinchan y los dedos duelen un poco, pero todo iba bien.
De hecho, es ahí cuando comienza la parte más bonita de la prueba: la gente se dispersa, el recorrido se aplana, convirtiéndose en un divertido “sube y baja” que te permite trotar y entrar en calor. La luz azulada del este da paso a otra amarillenta, más cálida y acogedora, que se filtra entre brumas heladas que, como una marea de efectos especiales ex profeso para nosotros, van pasando de un valle a otro dejando una aureola de misterio entre los corredores y los mélèze.
Van pasando los kilómetros y, cuando uno se quiere dar cuenta, ve que el valle alpino se va estrechando: a partir del Weisshorn Hotel, un impresionante refugio con maravillosas vistas sobre la cabecera glaciar (Cervino/Matterhorn incluido… a pesar de mi reticencia a creerlo), y ya con menos de 50 metros de altitud que remontar, empiezas a ser consciente de que lo vas a lograr, vas a poder terminar el desafío a tu propia capacidad, a tu resistencia, y éso resulta emocionante, gratificante. Y te hace recordar a todos los que, todo este tiempo atrás habéis estado ahí, confiando en mí, apoyándome en algunos ratos malos y compartiendo lo mejor, cuidándome, queriéndome; es el empujón que justamente me hacía falta para llegar adonde se inicia el descenso a pico hasta el fondo del valle, unos mil metros más abajo.
Como cuando, en la Formula 1, se decide entre neumáticos de seco, mojado o mixtos, aquí toca cambio de grupos musculares: de gemelos y glúteos (fundamentalmente), a tibiales y cuádriceps que intentan contener toda la energía potencial que habías acumulado durante la larga subida a expensas de estrujar al máximo los otros. La destreza y precisión en los movimientos a partir de aquí ha de ser mucho mayor, lo que exige una gran velocidad de pensamiento, que se antoja más difícil porque se va acumulando el cansancio de toda la prueba… Buscando, en ese momento, mi lado más salvaje, con un Lou Reed suavito-suavito para intentar mantener la calma sonando en el recuerdo, concentrado en la bajada:
Y, así, llegué a las rampas que son las callejitas de Zinal, en las que gran cantidad de gente se esmeraba en hacernos sentir bien, con los últimos Bravo! Bravo! Hop-hop-hop! que nos acompañaron durante todo el recorrido, bastante menos agotado de lo que esperaba, y tremendamente contento…
Y todo termina como empezó: una carrera muy familiar… al solecito que Anen preparó para la llegada.
Es mi poesía montañera que, como diría el torero y es muy apropiado: ¡va por uztéde, zeñóre!
Para atravesar la autopista que discurre junto a El Palomar, en dirección a un espacio verde por el que suelo pasar cuando salgo a correr, hay una larga y elevada pasarela, no demasiado ancha. A veces es necesario reducir la marcha, incluso casi parar, si uno se encuentra con dos personas que, caminando juntas en la misma dirección, no van muy pegadas la una a la otra, ya que no queda espacio para un tercero.
Hoy, tanto a la ida como a la vuelta, tuve que hacer dos pequeñas paradas al coincidir, primero con una pareja de ancianos que paseaban un carrito de bebé, y después con dos mujeres de distintas generaciones que, asimismo, paseaban un niño algo mayor en una sillita.
Son dos conversaciones, obviamente, muy cortas, pero muy poéticas, y las voy a transcribir a continuación para vuestra delectación.
Conversación Primera: Anciana: ¡mira que dientinos tién ya la mi reina! Anciano: éso, éso: tú dí-y bien de pijaes y vuélvela fata desde pequeña…
Conversación Segunda: una gorrita visera se vuela de la sillita que empuja la mujer más joven; la otra mujer, ante el riesgo claro -hace basante viento- de que caiga fuera de su alcance, a la autopista, la pisa con la punta del pie, y, a continuación la recoge, poniéndola de nuevo en su sitio. Mujer más joven: ¡éso, coño, písame toa la puta gorra! Pero, joder, ¡¿no ves que la manches, oh?! Mujer menos joven: … será mejor manchála y luego lavála, que no que caiga ahí en bajo y que la pise un coche, ¿no? Mujer más joven: Hay que jodése, que SIEMPRE quiés tener razón, ¡mecágonmimanto!
La primera conversación parece tener lugar entre un matrimonio, que pasean a quien podría ser una nieta. Sólo se aprecia énfasis en la voz de ella al describir el rasgo físico de la niña que, en ese momento, quiere resaltar; no así en el comentario de él, absolutamente desdeñoso.
La segunda conversación tiene lugar entre quien debe ser la madre del niño montado en la sillita de la cual se cae la visera que, imperturbable ante tal acontecer, ni siquiera insinúa un gesto que indique su intención de recuperar la gorrita, y la que podría ser su madre o, más probablemente, suegra a la sazón.
Por todo ello, no está de más que se nos recuerde desde Arriba, no sin cierta fruición, aquello de que la familia es la piedra angular de la sociedad, porque el humán es terco y rudimentario, y puede empeñarse en ver cosas inexistentes, en lugar de recordar las que desde Arriba se le imparten generosamente para el consumo y deleite de todos… y, claro está, para asegurar la sostenibilidad del chiringuito.
Vuelvo a El Palomar entrada ya la madrugada, y, tras frecuentar unos cuantos de los locales en los que se instala la movida gijonesa, una idea se repite tozudamente en mi cabeza…
… ¡me da que va a ser un buen slogan para lo que nos queda de verano!
Aquí estamos de nuevo, un jueves más. Hoy vamos con un representante destacado del dirty realism made in the USA. Espero que os ¿inquiete? Los pongo en inglés, pero vuelvo a brindarme encantado a traducirlos si alguien lo desea y lo pide (en esta ocasión se trata, además, de una edición bilingüe).
El primer poema me recuerda una canción de Sabina, en la que afirma que “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió…”
I remembered Veracruz
even though I’d never
been there
These are the very
best kind
of memories
those
immune from fault
or doubt
that cannot be corrected
I will live in
the stars
ABOVE
Veracruz
El segundo nos recuerda lo evidente:
If you don’t
know who
you are
I ain’
goin’ to
tell you
Tomados del libro Las Cuatro Reinas – The Four Queens de Barry Gifford, editado por La Fábrica, en su Biblioteca Blow Up de Poesía.