El Pecador, on the move to Ireland, deja una Canción, un Poema y un Deseo

Liki Fumei | Música, Nuestra Gente, Poesía | 15 de Junio, 2007

La canción – ContigoJoaquín Sabina

El Poema – Táctica y EstrategiaMario Benedetti

Mi táctica es mirarte

aprender como sos

quererte como sos

 

mi táctica es hablarte

y escucharte

construir con palabras

un puente indestructible

 

mi táctica es

quedarme en tu recuerdo

no sé cómo, ni sé

con qué pretexto

pero quedarme en vos.

 

Mi táctica es ser franco

y saber que sos franca

y que no nos vendamos simulacros

para que entre los dos

no haya telón

ni abismos.

 

Mi estrategia es

 en cambio

más profunda y más simple,

mi estrategia es

que un día cualquiera

ni sé cómo, ni sé

con qué pretexto

por fin me necesites.

Así que, como dice Lagavulin, una pausa hasta la vuelta. Un fuerte abrazo y beso a todos los vecinos de este patio, sin excepción. Si hay alguno curioso, podrá seguir algunos de nuestros pasos a través de las fotos y comentarios que iré haciendo acá.

Serán quince días, espero que buenos, aunque me voy con la mente puesta en… bueno, no en Irlanda, precisamente, sino en la tercera parte del post de hoy.

El deseo – Que la Táctica y Estrategia me dejen estar Contigo - Leticia.

Espero una señal tuya, amor, aunque, al correr del tiempo, cada vez se me hace más presente el cuento de Borges: sólo que, como sabes, en cuanto a ríos y reanudaciones, soy más del de Éfeso y su tan aparentemente tergiversada como famosa frase.

Y de ambos -y tantos otros- en que es el conflicto (en su tercera, cuarta y quinta acepciones) lo que anima el devenir (segunda: 2.1): mira que palabras han elegido de todo el elenco heraclíteo para la portada de esta webpage dedicada a él.

¿Te suenan de algo?

Prometí no citarte más aquí, no hacerte guiños, y lo intento… pero soy débil, te extraño mucho, y aquí escribo mi vida. Aunque puede que ni siquiera lo leas, trataré de no volver a hacerlo… a no ser que sea para cantarle a todos que volvemos a estar juntos. ¿Habrá señal a mi vuelta?

Seré trujimán, lo seré como dices, ciprés: pero de tres al cuarto si mis lenguas y mis artes conciliadoras no me sirven para allanar este camino, viejo camino de Rosa, para que por él pueda volver a pasear mi amor.

Al nuevo bardo, desearle que sea bienvenido, pedirle que nos disfrute y nos haga disfrutar, y preguntarle si es creación suya el poema con el que ha debutado aquí: me gustan la palabra “descalma” (aunque la RAE la ignore, por el momento) y la coda.

Me llevo las Travesuras de la niña mala para profundizar en el amor imposible y los trujimanes: gracias por la idea, Raitana. Lo acabo de comprar.

Ci vediamo, Itzi!

El Oxímoron Médico (oxímoron, unidad de los contrarios)

ManFerro | Opinión | 11 de Junio, 2007

La relación médico/humano (¿por qué paciente, enfermo?).

Tantas veces no lo es. Tantas otras inventa o presenta un sistema y, desde él, se relaciona. Obtiene ganancia. El aprendizaje -o cultura- lo ampara. Puede ser exhaustivo y dejar exhausta toda relación. También la que tiene con el médico.

La relación médico/humano puede ser un hecho administrativo y comercial, con amplio dispositivo escolástico/académico de cobertura. En un centro hospitalario llega a ser un caso. En pura reducción, interesante o trivial. El primero precisa un ejercicio mental y una tecnología de última generación. Y primus y pares entran en competencia. Se desarrolla un juego de dominio y hasta olimpiadas de lo mismo. El hecho puede suceder de humano versus humano, humano vs grupo, o grupo vs grupo. Y también está el tótem. Pero el tótem está alejado. Nunca puede ser tu vecino. El tótem, para el médico europeo está en EEUU. Y, para el internista, se lee en el New England o el Harrison’s. Pero uno y otro son relatos estupendos del cuerpo. Esta liturgia, en exclusiva, es el tema en la academia. Y, por la fuerza de las cosas, la misma tiene el humano cuando acude al médico.

Las somatizaciones precisan infinitas pruebas analíticas y de imagen. Son repetidas tantas veces como precise o quiera el conjunto -con sus entradas hospitalarias. El médico teme que un orgánico se le escape. No se siente con ánimo, conocimiento o fuera de paradigma, como para abordar la salud mental.

No se conoce lo básico en comunicación. La historia clínica lo refleja: va desapareciendo “la historia” y se llenan folios de pruebas. Tampoco, como grupo, quiere desaprender -el profesional suele ser conservador ceñido. Tiene la naturaleza humana como ser social; su condición humana, fuera de lo social, lo descoloca.

El proceso se inicia con recetas y así seguirá. No habrá cambios. Las partes están de acuerdo en que la medicina es cosa del cuerpo; la mente está ausente o desvaída, y subtitulada como nervios.

En la práctica médica privada, el humano puede ser un estupendo cliente en propiedad. Resulta sencillo: se debe producir la suficiente mezcla de escolástica y miedo para que entienda que debe ser controlado. Cada mes (y sería como un piso), cada 3 o 6 meses (y sería como Hacienda).

Resulta llamativo que ni el médico ni la sociedad vean al humano como ser biológico. Su última obviedad, la muerte,  se escenifica “en una lucha” y en “siempre existe un motivo para seguir luchando”, y, como secuencia, viviendo, aunque sólo exista un despojo. Conceptualmente y en su historia, esta última fase termina, como operativo, en la profunda sima religiosa -¿por qué tanto monte en los relatos? Y todo esto de no querer morir, con un porcentaje alto de creyentes en la trascendencia.

El médico ha sido siempre un creador de enfermos. Hoy, con la ayuda mediática, puede ser -ya es- un peligro. En Europa, al dejar el trabajo, el humano se transforma en un escolar aplicado. Y los edificios para este alumnado son los ambulatorios y hospitales.

No estoy de acuerdo con el poeta

[...] Todos pueden besarte el culo si te las ingenias pero nadie

vendrá cuando grites y te duela el alma hasta el culo [...]

… allí estarán los médicos, y su oxímoron.

Selección de “Miniaturas” – José Viñals

Liki Fumei | Poesía | 7 de Junio, 2007

A continuación, en esta nueva cita de los jueves, una escolha entre las 90 miniaturas de Viñals en la que el azar no ha tenido nada que ver, afortunadamente.

Estos poemas tienen una dedicatoria PERSONAL, pero invisible: que cada uno se la apropie según le parezca, si le parece.

46

Estamos bien en la montaña; él trisca tre-

bolillos, aprendo yo botánica y mis leccio-

nes de ornitología. Él se lleva el sabor y la

memoria de la hierba y el trébol; yo, entre

tantas nociones, sólo llevo el recuerdo de

una mujer. Y ya estaba en mí.

 

62

Me crucé con los tres Reyes Magos. Eran

incorpóreos pero olían muy mal. Tantos

siglos de camellos y desiertos, pensé. Las fic-

ciones también se pudren, no por simbóli-

cas sino por fraudulentas.

 

69

Hice leguas. Leguas me hicieron. Hombre-

trayecto a mitad de camino entre la oscuri-

dad y la conciencia. O entre el letargo y la

alegría.

 

 75

Esta espina para el dolor de cabeza; ésta

para el dolor del pecho, y ésta tercera para

el dolor de los genitales. ¿O es que querías

calmarlos? Experimenta entonces la nega-

ción del sueño. Digo el que duermes, no el

que te ilumina.

 

83

Chocó contra los cristales de las pantallas

acústicas de la carretera y cayó muerto. No

se suicidó; el estornino creía en la transpa-

rencia.

Y, por último, y muy especialmente:

88

Eres bella pero no inmaculada. No hay belle-

za en lo intacto. He aquí huellas humanas:

ha pasado el hombre, ha alterado la vida. Si

eres inalterable no nos sirves.

Gracias a la amiga que, en su día, me regaló a Santayana, y, hoy, me ha conseguido este Elogio de la Miniatura, de José Viñals (Editorial La Poesía, Señor Hidalgo,).

Un Sábado Cualquiera

Liki Fumei | Nuestra Gente, Varietés | 2 de Junio, 2007

“No eran una, ni dos, ni tres, las noches que había pasado en blanco, sin apenas pegar un ojo. Y, por fin, el viernes se acostó temprano -bueno, temprano para sus costumbres: no era precisamente una gallina, más bien una lechuza-, cruzando los dedos y esperando que la cena, ligera, las tres copas de vino, denso, el libro de Santayana, hondo,  y las conjunciones cósmicas pertinentes hicieran posibles unas cuantas horas de sueño sin interrupción.

Así ocurrió, y casi ocho horas más tarde se despertó bañado en sudor, angustiado al pensar que se había dormido e iba a llegar tarde al trabajo. ‘¡Joder, si es sábado!’, le dijo a la soledad que le acompañaba. Terminó de desperezarse y se hizo un café en el que puso una nube de leche, su escueto desayuno habitual.

‘Tendré que quitarle el edredón de plumas a la funda nórdica: ya tenemos temperaturas de verano’, se dijo, al tiempo que pensaba que las causas de sus sudores eran, sin duda, otras. Pero era demasiado temprano para empezar con la misma cantinela que le venía atormentando los últimos días… o meses. Prefirió quedarse con la idea del cambio de ropa de cama y empezar el día haciendo una de las cosas que más le gustaba: ir a la compra.

Los sábados son días formidables para comprar pescado. La gente suele festejar el fin de semana, invitar a otros, los restaurantes se llenan, al día siguiente los barcos de pesca disfrutan de su descanso semanal, y todo ello hace que los mostradores de las pescaderías se llenen con su mejor mercancía. Rojizos besugos, virreyes, escorpenas y salmonetes; lubinas, sargos y merluzas de brillo plateado; azul verdoso de caballas y sardinas; un abanico de colores se despliega entre pedacitos de hielo, sus carnes rebosantes de frescura. Todo un espectáculo.

Salió de casa camino a su pescadería, aquella en la que, según pensaba, había trabado una cierta amistad con el dueño a lo largo de los últimos dos o tres años. Aparte de conocer el género, de tener experiencia en la elección de las piezas, era reconfortante tener la sensación de que había el plus de confianza que da el ser un cliente fiel. En realidad, pensó, sin embargo, tener un privilegio sobre otros a la hora de la compra implicaba una actitud tramposa por parte tanto del pescadero como suya propia: si lo hacía con otros, ¿por qué no iba a comportarse así también con él? Y, lo que era peor y prioritario: ¿por qué él se prestaba a esa relación perversa e incluso hacía simpática gala de ella, en ocasiones, ante sus amigos, los que después degustaban las viandas del mar, debidamente aliñadas?

Ya al poco de despertar se había notado extraño, con el conflicto -cualquier conflicto- a flor de piel. Intentaba mantenerlo a raya haciendo algo placentero, pero no podía.

Volvía a las últimas frases que recordaba del texto de Santayana antes de dormirse: ‘A perfect love is founded on despair‘ [Un amor perfecto se funda en la desesperación].

En el revuelo de la venta -la pescadería estaba a rebosar-, se encontró algo aliviado, ya que su experiencia -vamos a no darle más vueltas- le permitió hacerse con un buen calamar, grande, pescado con potera en las aguas del litoral costero vecino a su pueblo. Cuando lo estaba pagando se sonrió recordando a una amiga que acostumbraba a llamarle, cariñosamente, calamar; el pescadero no entendió esta sonrisa: aunque todavía no había decidido la forma de prepararlo, le pidió a Pedro-así se llamaba- dos bolsitas de tinta más de la cuenta, por si le daba por guisarlo de la manera más clásica.

De pronto, le vino al recuerdo la dedicatoria que le había escrito en el libro la amiga que se lo regaló años atrás. Era una cita de Ferlosio, demoledora, como tantas reflexiones suyas: ‘Leo que entre los propósitos de las Olimpiadas está el que los pueblos se conozcan mejor unos a otros, y me hago cruces: ¡Dios santo, ¿mejor todavía?! ¡Estamos perdidos!’ Pues sí. Lo estamos.

A veces todo parece tan claro: la culpa como eje de la manipulación. En torno a ese eje, todas las peores características de la condición humana. Culpa, ¿de qué? ¿A quién le interesó meternos este concepto tan dentro? ¡Qué inteligente, maquiavélicamente hablando! El resultado: los miedos. Que atenazan, bloquean, desarman, paralizan, castran, impiden y, por otra parte, activan, mediante la frustración, el mecanismo del rencor. Ya lo tenemos todo. Esta es la salsa en la que estamos condenados a comernos los unos a los otros. ¡Y ni siquiera de forma espontánea, sino manipulados por quien mejor sepa gestionar los parámetros de programación antes citados!

Los calamares en su tinta estaban preparados poco antes de las tres de la tarde, aunque hasta la noche no los degustaría: prefería que reposaran unas horas; así la salsa estaría mas ligada, más trabada, como siempre había oído decir a su madre, de quien procedía la receta.

Tomó café con amigos, buenos amigos. Notó que les prestaba poca atención, incluso puede que fuera levemente desconsiderado con ellos. Hablaron de familias, de viajes, de enfermedades, de futuras reuniones, de nuevas adquisiciones, de restauración de inmuebles, es decir, de todo un poco: pero él no estaba en ninguna de esas conversaciones. Y ellos, que le conocían, lo notaban aún sin decírselo. Sabían lo que pasaba por su cabeza, quizá no en detalle, pero sí a grandes rasgos; lo suficiente para comprenderle y desear que pronto encontrara alivio a sus congojas. Eran, efectivamente, buenos amigos.

Santayana sufre, a mediana edad, lo que él denomina una metanoia, un cambio en sus sentimientos. Lo atribuye a un cúmulo de experiencias vitales que hace que se tambalee todo lo previo. En un momento de su libro Personas y Lugares, se puede leer esta reflexión surgida de dicho cambio: ‘Cultiva la imaginación, ámala, dale infinitas formas, pero no dejes que te engañe. Disfruta del mundo, viaja por él y conoce sus costumbres, pero no dejes que se apodere de tí. No permitas que te oprima con anhelos o lamentos por las imágenes que puedas formarte de él. Harás el menor daño y encontrarás las mayores satisfacciones si, surtido lo más ligeramente posible de posesiones, vives libremente entre las ideas.’

Al final de la tarde, aquellos calamares sufrieron su metanoia particular y devinieron risotto al nero di seppia, que resultó exquisito con un vino tinto de Toro.

Poco antes de irse a la cama, paladeando la turba ahumada, áspera y ruda de un whisky sin nombre ni apellido que, al menos, intentaría suplir las funciones de un hipnótico farmacéutico en formato menos divertido, no dejaba de preguntarse:

‘Y ella: ¿no tiene derecho a una metanoia de ésas? O, ¿será que no le interesa?’

¡Venga: a la cama! No sea que empiece a llenarse esto de los trífidos de John Wyndham…”