“No eran una, ni dos, ni tres, las noches que había pasado en blanco, sin apenas pegar un ojo. Y, por fin, el viernes se acostó temprano -bueno, temprano para sus costumbres: no era precisamente una gallina, más bien una lechuza-, cruzando los dedos y esperando que la cena, ligera, las tres copas de vino, denso, el libro de Santayana, hondo, y las conjunciones cósmicas pertinentes hicieran posibles unas cuantas horas de sueño sin interrupción.
Así ocurrió, y casi ocho horas más tarde se despertó bañado en sudor, angustiado al pensar que se había dormido e iba a llegar tarde al trabajo. ‘¡Joder, si es sábado!’, le dijo a la soledad que le acompañaba. Terminó de desperezarse y se hizo un café en el que puso una nube de leche, su escueto desayuno habitual.
‘Tendré que quitarle el edredón de plumas a la funda nórdica: ya tenemos temperaturas de verano’, se dijo, al tiempo que pensaba que las causas de sus sudores eran, sin duda, otras. Pero era demasiado temprano para empezar con la misma cantinela que le venía atormentando los últimos días… o meses. Prefirió quedarse con la idea del cambio de ropa de cama y empezar el día haciendo una de las cosas que más le gustaba: ir a la compra.
Los sábados son días formidables para comprar pescado. La gente suele festejar el fin de semana, invitar a otros, los restaurantes se llenan, al día siguiente los barcos de pesca disfrutan de su descanso semanal, y todo ello hace que los mostradores de las pescaderías se llenen con su mejor mercancía. Rojizos besugos, virreyes, escorpenas y salmonetes; lubinas, sargos y merluzas de brillo plateado; azul verdoso de caballas y sardinas; un abanico de colores se despliega entre pedacitos de hielo, sus carnes rebosantes de frescura. Todo un espectáculo.
Salió de casa camino a su pescadería, aquella en la que, según pensaba, había trabado una cierta amistad con el dueño a lo largo de los últimos dos o tres años. Aparte de conocer el género, de tener experiencia en la elección de las piezas, era reconfortante tener la sensación de que había el plus de confianza que da el ser un cliente fiel. En realidad, pensó, sin embargo, tener un privilegio sobre otros a la hora de la compra implicaba una actitud tramposa por parte tanto del pescadero como suya propia: si lo hacía con otros, ¿por qué no iba a comportarse así también con él? Y, lo que era peor y prioritario: ¿por qué él se prestaba a esa relación perversa e incluso hacía simpática gala de ella, en ocasiones, ante sus amigos, los que después degustaban las viandas del mar, debidamente aliñadas?
Ya al poco de despertar se había notado extraño, con el conflicto -cualquier conflicto- a flor de piel. Intentaba mantenerlo a raya haciendo algo placentero, pero no podía.
Volvía a las últimas frases que recordaba del texto de Santayana antes de dormirse: ‘A perfect love is founded on despair‘ [Un amor perfecto se funda en la desesperación].
En el revuelo de la venta -la pescadería estaba a rebosar-, se encontró algo aliviado, ya que su experiencia -vamos a no darle más vueltas- le permitió hacerse con un buen calamar, grande, pescado con potera en las aguas del litoral costero vecino a su pueblo. Cuando lo estaba pagando se sonrió recordando a una amiga que acostumbraba a llamarle, cariñosamente, calamar; el pescadero no entendió esta sonrisa: aunque todavía no había decidido la forma de prepararlo, le pidió a Pedro-así se llamaba- dos bolsitas de tinta más de la cuenta, por si le daba por guisarlo de la manera más clásica.
De pronto, le vino al recuerdo la dedicatoria que le había escrito en el libro la amiga que se lo regaló años atrás. Era una cita de Ferlosio, demoledora, como tantas reflexiones suyas: ‘Leo que entre los propósitos de las Olimpiadas está el que los pueblos se conozcan mejor unos a otros, y me hago cruces: ¡Dios santo, ¿mejor todavía?! ¡Estamos perdidos!’ Pues sí. Lo estamos.
A veces todo parece tan claro: la culpa como eje de la manipulación. En torno a ese eje, todas las peores características de la condición humana. Culpa, ¿de qué? ¿A quién le interesó meternos este concepto tan dentro? ¡Qué inteligente, maquiavélicamente hablando! El resultado: los miedos. Que atenazan, bloquean, desarman, paralizan, castran, impiden y, por otra parte, activan, mediante la frustración, el mecanismo del rencor. Ya lo tenemos todo. Esta es la salsa en la que estamos condenados a comernos los unos a los otros. ¡Y ni siquiera de forma espontánea, sino manipulados por quien mejor sepa gestionar los parámetros de programación antes citados!
Los calamares en su tinta estaban preparados poco antes de las tres de la tarde, aunque hasta la noche no los degustaría: prefería que reposaran unas horas; así la salsa estaría mas ligada, más trabada, como siempre había oído decir a su madre, de quien procedía la receta.
Tomó café con amigos, buenos amigos. Notó que les prestaba poca atención, incluso puede que fuera levemente desconsiderado con ellos. Hablaron de familias, de viajes, de enfermedades, de futuras reuniones, de nuevas adquisiciones, de restauración de inmuebles, es decir, de todo un poco: pero él no estaba en ninguna de esas conversaciones. Y ellos, que le conocían, lo notaban aún sin decírselo. Sabían lo que pasaba por su cabeza, quizá no en detalle, pero sí a grandes rasgos; lo suficiente para comprenderle y desear que pronto encontrara alivio a sus congojas. Eran, efectivamente, buenos amigos.
Santayana sufre, a mediana edad, lo que él denomina una metanoia, un cambio en sus sentimientos. Lo atribuye a un cúmulo de experiencias vitales que hace que se tambalee todo lo previo. En un momento de su libro Personas y Lugares, se puede leer esta reflexión surgida de dicho cambio: ‘Cultiva la imaginación, ámala, dale infinitas formas, pero no dejes que te engañe. Disfruta del mundo, viaja por él y conoce sus costumbres, pero no dejes que se apodere de tí. No permitas que te oprima con anhelos o lamentos por las imágenes que puedas formarte de él. Harás el menor daño y encontrarás las mayores satisfacciones si, surtido lo más ligeramente posible de posesiones, vives libremente entre las ideas.’
Al final de la tarde, aquellos calamares sufrieron su metanoia particular y devinieron risotto al nero di seppia, que resultó exquisito con un vino tinto de Toro.
Poco antes de irse a la cama, paladeando la turba ahumada, áspera y ruda de un whisky sin nombre ni apellido que, al menos, intentaría suplir las funciones de un hipnótico farmacéutico en formato menos divertido, no dejaba de preguntarse:
‘Y ella: ¿no tiene derecho a una metanoia de ésas? O, ¿será que no le interesa?’
¡Venga: a la cama! No sea que empiece a llenarse esto de los trífidos de John Wyndham…”