Ran
Ayer muere Ran.
Era mi cotidiano. Me apoyaba en su compañía.
Conozco algo de humanos, y no puedo imaginar que sepa algo de perros. No se si me apreciaba, menos si me quería. Sí, que dependía de mí. Su mirada era evidente en este aspecto.
Se enferma grave. Viene Nacho, el veterinario, y confirma este pronóstico. Se decide entre él, el profesional, y yo, la eutanasia. Y en un brevísimo tiempo muere Ran. A la media hora, alguien de un servicio municipal se lleva a Ran en un saco. Y en aquel saco iba Ran reducido -ahora sabemos mucho de este verbo, con los programas de cocina-: tenía el volumen de un gato. Es sabido, la muerte nos reduce.
Todo ha sido muy triste, pero muy sencillo. No ha habido papeles -excepto la nota de pagar el porte de mensajería. Claro, Ran y los suyos no tienen dioses del silencio, ni los que hablan -desde aquí- por ellos. No hay culpas, prohibiciones o castigos. Se hace eutanasia sin papeles. Pura y simple realidad real.
ManFerro