Sin tí, pero contigo siempre presente. En las pequeñas cosas de la vida, en lo cotidiano: un café, una reunión de amigos, un paseo por el centro…
Me resulta inquietante lo ajeno que parece el humán a la eventualidad de su propio dies irae: aquél en el que no tenga dónde ponerse a salvo, en el que su existencia se reduzca de inmediato a cenizas. Como si hubiese alguna seguridad de lo contrario: una huida hacia adelante.
Tu gesto último fué tan desesperanzado, estéril y atrabiliario, que nadie lo hubiera dicho tuyo. Y sin embargo lo fué: lo somos todo, lo contenemos todo… sólo hace falta el percutor sobre el detonante. Y tú estabas cargada de pólvora: caminabas sobre una realidad alfombrada de púas que te hacía un daño insoportable.
Trato de honrar con estas líneas tu recuerdo porque pienso que te gustaría que lo hiciera, aunque sé que hay a quien le molesta: no es mi problema, y menos aún el tuyo.
Me gusta concluir el año enviando algunas palabras, alguna reflexión, desde esta pequeña atalaya que supone El Pecador, esperando encontrar ecos cercanos o lejanos, o simplemente sentir que quedan flotando en eso que llamamos nuestro patio.
Cada año que pasa supone un eslabón más en la cadena que nos lleva del nacimiento a la muerte, cuyo punto medio no conocemos si no es por estimaciones estadísticas. Y da la impresión de que uno se hace más sensible -que no necesariamente vulnerable- a la idea de la muerte, la enfermedad y lo que conllevan, a medida que se va viendo más próximo -aunque sea sólo numéricamente- a ellas. El tiempo no se detiene, aunque los relojes se paren.
Este año se fué mi madrina, Manolita, y de ella me quedarán muchos recuerdos infantiles. Su casa estaba cerca de la nuestra, en un ambiente entonces rural (el cemento ha dejado pocas referencias) que era mi terreno de exploraciones cuando niño. La recuerdo siempre metida en la cocina, bien fuera haciendo comida para casa o para el restaurante y llagarque tenía y ahora regentan sus hijos: fabada, caldereta, chorizos a la sidra, tortillas, brazo de gitano, casadielles, picatostes…; aquella cocina de carbón y leña que tanto tardó en cambiar siempre estaba rugiendo, y a mí me encantaba enredar por allí todo cuanto podía y fijarme en cómo se hacían las cosas de los pucheros, que ya entonces me empezaron a interesar. Los domingos solía obsequiarnos con un arroz con leche de los más ricos que recuerdo, y, en Pascua, con el bollu: un ‘tronco’ de chocolate y galletas que yo no tardaba en devorar.
Pocos meses antes se había marchado Manolo, que, aunque no era mi padrino, si hubiera podido elegir me hubiera gustado que lo fuera. Una combinación extraña -por lo infrecuente- de tolerancia y hedonismo, revestidos de una elegancia fuera de lo común. Creo que nos caíamos bien, yo le quería, y su viuda, Marisa, me obsequió con algunos libros a su muerte, y con unos poemas de procedencia medieval y persa: unos maravillosos rubaiyat de Omar Jayyam, matemático y poeta de los siglos XI-XII, que dejó huella en su paso por aquella Samarkanda intelectual, políglota y exhuberante de gentes (cerca de medio millón de personas) y conocimiento, previa al azote de Gengis Kan. En sus versos hay una mezcla de lucidez, materialismo, escepticismo, bañados en delicadeza, que hacen increíble su contemporaneidad con el tenebroso encastillamiento feudal que se daba en occidente. Un bello recuerdo que conservaré.
Bebe. Es largo el tiempo
que habrás de dormir bajo la tierra
sin mujer, sin amigos.
El instante que pierdes
lo pierdes para siempre.
Así que, estoicamente, epicúreamente, cínicamente, cirenaicamente (en algunos casos) o escépticamente, habrá que procurar abrazarse al hedonismo en su variante más dulce para mí, que es la que aúna sensualidad y desapasionamiento, salpicada -eso sí- con unas briznas de racionalismo.
Por fortuna -o genética, que tanto da- varias de esas propuestas me son -prácticamente- innatas. Y gracias a mi querida Pi Xing se hacen más fáciles y divertidas.
Sweet wonderful you,
you make me happy with the things you do…
Oh, can it be so:
this feeling follows me wherever I go.
Desde aquí os deseo salud y la posibilidad de alcanzar el equilibrio ansiado. Besos y abrazos.
El verano me disipa y me quita la -poca- capacidad de escribir. Y, además, cada poco recibo cosas simpáticas (la mayor parte de ellas viaEl Centinela de este patio) que me apetece compartir con vosotros.
Estoy preparando un pequeño tostón sobre el famoso Gürtel y lo que para mí representa, que espero traer aquí pronto. Mientras tanto podéis reiros un poco con ésta interpretación del mismo que he visto ayer en uno de los blogs que suelo leer, y, también, con esta versión freak-fake de uno de los éxitos musicales de la temporada. Disfrutad.
Has estado conmigo cada uno de sus días. He meditado mucho sobre la vida y la muerte, recordando tu vitalidad y tu súbito deseo de descansar. Te he comprendido y te he maldecido. Hemos hablado entre nosotros, tus nuevos amigos. También con algunos de los de toda la vida. A todos asombra, a todos apena hondamente. Te sabíamos fuerte, una leona, como decía tu madre, pero no pensamos que las fuerzas te podían abandonar: éso tan humano. Todos tenemos una gran rabia por no haberte servido de apoyo en la que entonces llamé tu encrucijada. Me has enseñado mucho. Lo sigues haciendo cada día.
La Raitana Mora me hizo llegar hace poco un bello poema de Wen Yi-to que le recordó, por alguna razón, a tí; desde luego, puedo asegurar que estabas cansada, mucho más, harta, ‘de la voz humana que maldice‘:
Acaso estés de veras cansada de llorar. Acaso necesites dormir. Que callen las lechuzas, que no croen las ranas, ni vuelen los murciélagos.
Que no te hiera el sol los párpados. Que la brisa no te roce las cejas, que nadie te despierte, que proteja tu sueño la sombra de los pinos.
Acaso oigas orugas torciéndose en el cieno. Y las raices de las yerbecillas absorbiendo el agua. Y acaso te parezca esta música más bella que la voz humana que maldice.
Cierra, entonces, los ojos. Te dejaré dormir, te dejaré dormir.
Te cubro poco a poco de tierra, y quemo poco a poco lingotes de papel.
Él, profesor y erudito poeta que abanderó la nueva poesía china, fue asesinado (represaliado, dijeron los purgadores) por defender la democracia. Es el tipo de cosas que te enervan.
Descansa: duerme tranquila y no tengas prisa, ni sufras congoja por no saber… ya que te lo iré contando todo, día a día, año a año. Todos tus amigos lo haremos. Todos te queremos. Y yo también.
A las ocho menos diez de la mañana de un día laborable, un músico de la calle, en el metro de Wahington D. C., se afana con su violín en la interpretación de algunas piezas clásicas, esperando obtener algún dinero con el que después pasar el día, o, al menos, el reconocimiento de los pasajeros de la rush hour. Tres cuartos de hora más tarde, más de 1,000 personas habían desfilado ante el concertista, sólo unos pocos se habían detenido, y había podido recaudar 32 US$ y unos céntimos.
Sólo tres días antes, este mismo intérprete había podido ser escuchado en el Simphony Hall de Boston, al precio de 100 US$ la butaca de general, ante un auditorio repleto. Sin embargo, ni siquiera la combinación de láminas de cedro, arce y sauce que devolvía, enriquecida, la vibración de las cuatro cuerdas que este hombre de 39 años llamado Joshua Bell acariciaba virtuosamente, aquella caja única fabricada en 1713 por Antonio Stradivari, fue capaz de llamar la atención de casi ninguno de aquellos espectadores algo apurados por llegar a sus trabajos.
Y así nos puede ocurrir con todo lo que nos rodea a diario, sin llegar a estos extremos. ¿o no? Pienso que nos convendría ser menos veleidosos… yo, lo procuro.
… y me deja muy buen sabor de boca, la verdad. Ha habido de todo, pero mayoritariamente bello y grato, como este paisaje de otoño riojano.
Grandes momentos de amistad y amor. El intento denodado por mantener abierto el hilo de la comunicación con algunas personas, aquellas a las que más te acercas, las que más quieres y/o te quieren, con las que eres capaz de sentir que la emoción y las palabras fluyen. Esa rara y valiosa excepción que llamamos amigos. Y la sensación de conseguirlo. Un puñado de personas. Y un amor.
Y, sin embargo, el fracaso de la comunicación humana se hizo patente, quizá más patente que nunca, con el suicidio de una amiga que no resistió su propia realidad. Fue dramática y trágica la incapacidad nuestra, de sus amigos, de hacerla sobrevivir, de renovarle la emoción y la fortaleza, de mantenerla a flote siquiera, de ofrecerle otra visión, de abrirle una pequeña puerta.
Queda la duda de si los canales de comunicación sólo funcionan a favor de gradiente, es decir, cuando todo va bien o nos situamos -de la manera que sea- en planos que se tocan muy de cerca. Si, cuando necesitemos nuevamente echar mano de ellos para tratar de salir de un apuro o intentar ayudar a alguien que se encuentra inmerso en él, nos encontraremos con un arma encasquillada, ineficaz, inútil. Y, también, qué más podemos hacer para intentar que éso no ocurra, que la realidad sea intercambiable, que no seamos islas, sino, al menos, archipiélagos interconectados.
Para todos los que habéis estado conmigo este 2008. Para quienes seguiréis estando en lo que venga. Para quien sólo puede vivir en nuestro recuerdo. Para todos, va mi abrazo, lleno de energía.
Así, con Jethro Tull de fondo -un exponente del progressive rock de mi adolescencia- quizá sea más leve: parece que la espesura de su ladrillo puede disimular algo la mía.
Estuve ayer en Madrid intentando aprender algo para intentar disminuir las agresiones a las que se ven sometidas las personas que, con enfermedades muy graves, precisan, como diría mi amigo CB -también conocido como el que susurraba a los chotacabras-, que en un momento crítico la mano del hombre blanco revuelva sus entresijos con suerte diversa.
Lentos, muy lentos, pero en medio de la vorágine, como nuestra tortuga turca en la autopista, vamos aprendiendo a hacer mejor las cosas de la ciencia. Nuestro modelo en este ámbito ha sido, es y seguirá siendo durante un tiempo que no sé predecir, pero se me antoja amplio, el estadounidense. Y, sin embargo, ante la mínima pulsación surge, de forma casi unánime, el odio a ese país, sea cual sea la cuestión a debate: ser progre es ser antiamericano, sin más.
Ya véis, sigo vivo, aunque algo despistado… me ha vuelto a pasar hace poco lo de las jodías llaves.
Después de tanto tiempo, casi cuatro meses, sin inspiración, volver a empezar aquí se hace difícil, pero lo voy a intentar. Una vueltecita por Turquía me hizo bien, y tambié me cambió un poco el look, jeje…
Espero que alguien de los habituales siga por ahí aún… Besos, anyway al patio, o a lo que quede de él.
Trato de salir de aquella sensación que comenté hace hace unas semanas: la de no tener nada que decir.
Mi querida amiga Rosita, la del corrido mejicano, me hace llegar un poema de Neruda, El Pozo, cuyas primeras líneas cito a continuación, por oportunas para lo que después quiero tratar:
A veces te hundes, caes
en tu agujero de silencio,
en tu abismo de cólera orgullosa,
y apenas puedes
volver, aún con jirones
de lo que hallaste
en la profundidad de tu existencia.
De largo, las estaciones equinocciales han sido objeto de diversos mitos, relacionados de una u otra forma con alteraciones en el humor de las personas, en su afectividad. Seguimos enredados en tales mitos (aquellos u otros) y sin elementos de conocimiento que nos permitan explicarnos por qué ésto es así.
Al igual que en el caso de la úlcera de estómago se ha encontrado una teórica causa infecciosa (y han llamado al ‘bisho‘ Helicobacter pylori) para explicar una patología que, clásicamente, se veía empeorar en primavera y en otoño, quizá algún día se diga (e, incluso, se demuestre) que tal o cual virus que se propaga con los pólenes de tal o cual planta, es el responsable de las depresiones, las migrañas, distintas clases de reuma o lo que uno se quiera imaginar.
Pero no todo se explica, se puede explicar así. Una vez conocido H. pylori y elaboradas las herramientas para su diagnóstico, tratamiento y comprobación de la eficacia del mismo (desde el punto de vista infeccioso, microbiológico), se sabe que esta última tiene lugar en un 70-90% de los casos en los que se prescribe una terapéutica correcta (la enorme variabilidad en el porcentaje que cito depende de múltiples factores: cepas de la bacteria, uso previo de antibióticos en cada paciente y en cada comunidad o área geográfica, exactitud y reproducibilidad -esto es fiabilidad, en un lenguaje más coloquial- de los variados sistemas para el diagnóstico y comprobación de la erradicación del germen, interacción del sistema inmune de cada individuo con el invasor…).
Sin embargo, teniendo en cuenta que esta patología representa un amplio porcentaje de entre todas las que producen unos síntomas parecidos y, por tanto, reciben tratamientos sintomáticos (paliativos, aliviadores) similares (en este caso, dirigidos a disminuir la acidez de los jugos gástricos, cuya capacidad erosiva es determinante en la producción de todas estas lesiones: aparte de la úlcera, gastritis, duodenitis, esofagitis), la disminución en el uso de dichos productos farmacéuticos está lejos de disminuir.
Por supuesto, cualquier análisis que implique múltiples variables biológicas es difícil de confeccionar, y, más aún, de poner en práctica, pero se me antoja que, independientemente de que dicho consumo haya podido aumentar en otros ámbitos (el de la protección gastrointestinal en pacientes, sobre todo los de mayor edad, que reciben diferentes tipos de fármacos potencialmente lesivos es, con toda seguridad, el de mayor importancia, dada la casi total generalización de esta práctica), el bichito no lo es todo.
Y, aunque sea sólo desde la pequeña (pero que estimo valiosa) experiencia personal y profesional, pienso que los mismos factores que nos alteran el humor, son los que nos producen un ardor, una diarrea, un infarto o una jaqueca. Son comunes.
No los llamaría desconocidos, por tanto: pero sí inaprensibles para nuestro nivel de tecnificación y conocimiento. Es de prever que todo llegará.
Si la comunicación científica encuentra tal cantidad de dificultades para ser asumida como válida, a pesar de superar una serie cada vez mayor de filtros que tratan de reducir todo tipo de tendenciosidad, ¿qué nos puede pasar en el terreno de la comunicación en pantuflas?
Quizás el principal obstáculo para la comunicación entre las personas sea la propia herramienta que se ha diseñado a tal fin: el lenguaje. Un instrumento que sufre, a lo largo de su larga existencia, una progresiva degradación y es sometido a la influencia de los poderes, sin que ello sea -la mayor parte de las veces- tenido en cuenta por el usuario común del mismo. La combinación de ese lenguaje perverso y las diferentes variantes de cognitive bias da al traste con casi todos los intentos de comunicación en la vida diaria. Curiosamente, parece que no es así y que la comunicación fluye, pero es sólo ruido, una mala interpretación (o falta de la misma) facilitada por el aislamiento personal y el supuesto welfare state en el que se nos dice que vivimos. La ausencia de comunicación se pone de manifiesto, nos golpea en las narices cuando surge un problema y no es posible abordarlo en términos dialécticos.
Volviendo al poema que me sirvió como entradilla, y volviendo a Rosita y a mis amigos, me parece que sólo cabe apelar a la empatía, a la intersubjetividad más benévola y cariñosa para salir de este paso sin resultar destruído. Nada fácil: es una de las piezas clave de la inteligencia emocional, uno de los proyectos más ambiciosos aplicados a la disección de la mente humana.
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Ámame tú, sonríeme,
ayúdame a ser bueno.
No te hieras en mí, que será inútil,
no me hieras a mí porque te hieres.
También, con ésto, trato de agradecer y responder a las palabras de Laura en el post previo de El Pecador: no sé qué sentido tienen las cosas, pero sí procuro darles uno, y me reconforta saber o, al menos, pensar, que hay algunos otros que están en esa onda, y que los tengo próximos. Me adhiero al slogan de las 7S de la persona competitiva y feliz (parece una herejía hablar de competitividad sin que, inmediatamente, se te cuelgue la etiqueta de caimán o tiburón, dicho sea con perdón de estos dos no excesivamente simpáticos animales), al que quizá añadiría, si me fijo en Oriente, una octava ‘S’: Silencioso.
Para terminar, he de reclamar la duda como método de trabajo y avance, en oposición a la certeza inmovilista y reaccionaria. Y, para aflojar un poco, la reclamo con un guiño musical de título concordante. El autor, un virtuoso del ney, ha sido traído a mis oídos por El Centinela de este patio, y tocará en Gijónen unos días. Y lo iremos a ver. Y, después, cenaremos al estilo dominical, intersubjetivamente… o eso espero.