I + D + i (= dⁿ)

Liki Fumei | Fotos, Hedonismo, Nuestra Gente | 16 de Junio, 2009

Sé muy poco, casi nada, de lo que quiere decir esa ecuación que pongo en el título. Sé algo más de cómo divertirme y pasarlo bien: disfrutar de la vida, como concepto, y mientras se pueda.

Alimentarse es una necesidad biológica. Comer, en un sentido más amplio, es todo un ritual en el que cada componente tiene su importancia.

Si, en Asturias, se quiere sentir la Investigación al sentarse ante un plato de comida…

Si, además, se busca el Desarrollo de las ideas concebidas -en ocasiones, hace años- hasta optimizarlo y hacerlo sublime…

Si, por último, no sólo a uno no le arredra la innovación, sino que le parece un atractivo más a la hora de sentarse a la mesa y experimentar…

… entonces, uno no debería dejar pasar la ocasión de probar la suculenta, refinada y depurada cocina de José Antonio Campoviejo en ese acogedor laboratorio gastronómico que constituye su restaurante El Corral del Indianu, en Arriondas.

Se trata de cocina de autor en el más auténtico (y no prostituido, como cada vez es más habitual) sentido de la expresión: evolutiva y personal, una mirada nueva y diferente. Un primerísimo nivel de creatividad, mise-en-scène y ejecución que le dan -por derecho- un lugar prioritario en la cocina nacional, y que no tiene la repercusión merecida única y exclusivamente por no estar situado en Madrid, el País Vasco o Cataluña. Probablemente, mejor para él. Sin duda, mejor para nosotros. Que siga así, fuerte e incombustible.

De ahí que el resultado de la ecuación sea dⁿ: el disfrute, elevado a la n-ésima potencia. Así  lo hicimos el otro día 7 amigos que abajo figuramos; y lo pasamos en grande.

Thick as a Brick

Liki Fumei | Hedonismo, Música, Varietés, Viajes | 27 de Noviembre, 2008

Dejad, por favor, que suene ésto y nos acompañe.



Así, con Jethro Tull de fondo -un exponente del progressive rock de mi adolescencia- quizá sea más leve: parece que la espesura de su ladrillo puede disimular algo la mía.

Estuve ayer en Madrid intentando aprender algo para intentar disminuir las agresiones a las que se ven sometidas las personas que, con enfermedades muy graves, precisan, como diría mi amigo CB -también conocido como el que susurraba a los chotacabras-, que en un momento crítico la mano del hombre blanco revuelva sus entresijos con suerte diversa.

Lentos, muy lentos, pero en medio de la vorágine, como nuestra tortuga turca en la autopista, vamos aprendiendo a hacer mejor las cosas de la ciencia. Nuestro modelo en este ámbito ha sido, es y seguirá siendo durante un tiempo que no sé predecir, pero se me antoja amplio, el estadounidense. Y, sin embargo, ante la mínima pulsación surge, de forma casi unánime, el odio a ese país, sea cual sea la cuestión a debate: ser progre es ser antiamericano, sin más.

Una lamentable rutina de pensamiento.

Madrí, Madrí, Madrí…

Liki Fumei | Coña, Fotos, Hedonismo, Música, Nuestra Gente, Opinión, Sociedad | 10 de Enero, 2008

Allí pasó este pecador los últimos días, disfrutando de la compañía de una nueva amiga a la que la común afición a la fotografía y las ya no tan nuevas tecnologías le permitieron conocer.

Residí en el barrio de las letras, tan vivo como siempre, más bonito que nunca. Allí me alojé en un antiguo hotel (el de los toreros, según dicen) refurbished by Meliá para crear un espacio ‘próximo’ y de vanguardia.

Hotel Me, click para ver en Flickr 

La presentación, el envoltorio, así lo sugerían: tanto su página de internet como el lobby del hotel, con un despliegue de diseño envuelto en suave chill out y aromas relajantes, apuntaban hacia dicha modernidad desenfadada.

Al llegar, en la recepción, un personal muy joven y cuidadamente unisex me informó de los servicios del hotel y del deseo de la dirección de mantener en un high standard la privacidad de los huéspedes, a fin de lo cual la tarjeta personal de acceso a la habitación debería ser utilizada en cualesquiera otras dependencias (gimnasio, garaje… incluso en los ascensores) que deseara utilizar. Dicho y escuchado lo cual, tomé la tarjetita y me apresté a enfrentarme con la serie de innovaciones que me esperaban.

Tras un breve pero intenso combate con la electrónica del ascensor (meter la tarjeta, sacarla, marcar el número del piso antes o después de ello, las bolsas que se te caen…), llegué a la segunda planta y recorrí el pasillo hasta mi habitación, la 229. Una nueva ranura electrónica me ponía a prueba: ¿que habrá que hacer (con la tarjeta): meterla y girar, meterla y empujar (glups!), meterla y sacarla (con perdón, pero esto no es nada: pura literatura con un poco de doblez… la realidad estaba por golpearme, aún)? Opté por esto último: una lucecita verde se encendió (¡eureka!), y abrí la puerta.

Dioses de todos los cielos, todos aquellos en los que nunca creí ni creeré, haced que me parta el rayo más fulminante si no eran de carne y hueso aquél y aquella sesentones que, en la postura denominada el perrito, daban suelta rienda a sus lesser instincts de forma sincopada. No obstante una visión fugaz, antes de poner pies en polvorosa rumbo a la modernísima recepción (camino a ella, consideré la posibilidad de que esto fuera un welcome party muy modelno…), pude constatar, además, que ambos vestían ropajes acordes con la estética BDSM, lo que le daba un puntito aún más surrealista. Troté con las maletas por el pasillo, mientras oía una serie de blasfemias en inglés y otros gritos propios de la escena que dejaba atrás.

Cuando le conté ésto a Mó (¡era la primera vez que nos veíamos!) puso cara de asombro (quién no…), y calculo que debió pensar ‘vaya tronco que fuí a conocer con esto de flickr…’

Más tarde cenamos en Mosaiq, un restaurante árabe bastante de moda situado en el castizo barrio de Chamberí.  Un entorno bullicioso y un bonito decorado acompañaron bien unas viandas (falafel, pastela, cous-cous, shawarma, tajine…) correctamente procesadas al estilo magrebí, y regadas con un carnoso y especiado Martúe.

Así comenzó un finde en la capi muy entretenido y esa noche, de vuelta al hotel, a eso de las 5 de la mañana, alguien pensó que debía desagraviarme con jamón del rico y vino para olvidar…

Desagravio, click para ver en Flickr

… y yo me pregunté: ¿cuál habrá sido el desagravio para los angloparlantes?

I am a man of constant sorrow…

Esperanza

Liki Fumei | Coña, Fotos, Hedonismo, Música, Nuestra Gente, Varietés | 26 de Noviembre, 2007

Una amiga flickera, Mo, me hizo este regalo, que quiero compartir con este patio.



Si queréis volverlo a ver para fijaros en los detalles (¡es alucinante como todo gira en torno a los ojos y la boca: vas a tener razón, huesu!) y disfrutarlo de nuevo, podéis quitar el sonido que acompaña al vídeo, y probar con esta canción, que también conocí por Mo: Le temps de l’Amour (Françoise Hardy).

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¿Seguís ahí?

Bien, pues, para terminar, una anécdota esperanzadora… aunque no sé muy bien cuál es la esperanza que transmite, pero me gusta hasta la caligrafía, así que, ¿brindamos?

Brindis

Gracias, Mo: tuya ha sido la inspiración.

La Máquina de Follar (reloaded in Cuba, 2007)

Liki Fumei | Hedonismo, Nuestra Gente, Opinión, Sociedad, Varietés, Viajes | 1 de Noviembre, 2007

No. No estamos en el San Francisco posthippie. Ni siquiera en Los Angeles. Y yo no soy el borracho ocurrente de manos finas y blancas que era Hank.

Sin embargo, un halo de sordidez une aquel tiempo con éste. O, mejor, aquel espacio con éste. La vida, tan cambiante, siempre tan repetitiva.

Es casi mediodía y sigo en la cama. Mi cabeza da vueltas alrededor de la náusea y una especie de huracán que suena ahí fuera no ayuda mucho a que mejore. Tampoco el olor a humores rancios que atraviesa una especie (¿otra especie?) de hule que me separa del baqueteado colchón en el que me hundo.

Además, ¿adónde coño iba a ir, lloviendo a mares, con las calles llenas de charcos, en una ciudad tan destrozada como si hubiera terminado ayer una guerra y la maqueta se pudiera visitar? Sólo el bullicio de la gente le quita esa impresión a las calles de las ciudades de este país. Pero con esta mierda de tiempo, ni gente hay.

Se suele decir que “se bebe para olvidar”. Es curioso, porque aquí parece que sucede algo distinto. Cuando hablas con ellos, aún “serenos” (ha de ser temprano), parecen estar hasta los mismísimos de esta vida, de este régimen, de la jodida Revolución, del “barbas” (como se refieren aquí a Fidel, haciendo un gesto de mesarse el mentón al tiempo que se golpean con dos dedos de la otra mano los “galones” en el hombro) y de toda la cochina realidad en la que no les queda más remedio que estar inmersos. Pero, si se toman unos tragos contigo y se trata de largar sobre el rollo político, surge de sus profundidades una defensa aguerrida de todo “lo propio”. Y, entonces, “la igualdad social es un triunfo de incomparable trascendencia, estamos en el centro de la política internacional gracias a la inteligencia de éste y a los cojones que le echa el hermano, somos autosuficientes a pesar del bloqueo yanqui, nuestros sistemas de seguridad mantienen la paz en el mundo…”

Y, claro, seguís tomando: tú y ellos, ellos y tú. Bebiendo para recordar. Y las botellas de ron parecen más pequeñas que en tu país. Pero no. Son iguales. O más grandes (la de ayer era de un litro), sólo que se acaban antes. Y luego te empiezas a marear y te dan arcadas y vomitas y te duele la cabeza y no te levantas hasta la tarde.

Si yo estoy así, me pregunto cómo estará Junieska. Creo que se escribe así: debe venir de algo ruso, pasado por el tamiz caribeño… pero cuando le iba a pedir que me escribiera sus señas ya estaba demasiado borracha. Y como no le gustaba hablar de política (los jóvenes posrevolucionarios es lo que tienen: son unos descreídos, es su rebeldía), me sugirió que fuéramos a chingar (aquí le dicen así a follar, la mayor parte de las veces) a mi casa. Traté de explicarle lo de la canción de Krahe, pero ni caso: en ésto sí que son bukowskianos. Al final, le acabé diciendo lo mismo que la noche anterior a Rachel: “mira, te vas a reir, pero es que no me toca follar hasta Enero, y todavía estamos en Octubre”. La verdad es que se rió bastante, sí: una sonrisa blanca y preciosa, abierta y franca, enmarcada por el raso negro y turgente de su piel; y, por encima de dos pómulos salientes como nalgas de bebé, a través de otras dos blancuras, esta vez no tan abiertas, sino profundas, las más de las veces con un halo triste, sumiso, vergonzoso (penoso, dicen acá), me miraba interrogándome. Es lo que tienen estas muchachitas de veinte años.

Tienen éso, y un difícil equilibrio entre la sobriedad alegre y la borrachera. Y también la tripa tan llena de arroz y frijoles que, cuando empiezan a vomitar no hay quien las pare: cuando había salido de aquella boca tan preciosa el contenido equivalente a una olla mediana, pensé que era el momento de meterla en el coche y acercarla hasta su casa. Pero a la segunda curva -o al tercer bache, que, benévolamente, llaman hueco, tanto da- que nos encontramos, otra considerable cantidad de legumbres se esparció por los asientos a modo de spray aromatizado al ron.

Casi cuarenta años para verme acompañando a esta pobre infeliz de veintidós a su casa a las tantas de la mañana y presenciar la incendiaria soflama que una bella señora, de silueta alta y delgada sólo visible en la negrísima noche del reparto de Cabacú por la túnica o camisón blanco que llevaba puesto, les impartió a sus amigas Doralis y Marlex: “¡ni para la PINGA se acerquen más a mi hija!, ¿lo oyeron?, ¡ni para la pinga vuelvan por acá!”.

Quizá nos hubieran venido bastante mejor unos cuantos pingazos a ella y a mí, que la charla y el puto ron añejo. La verdad. Pero es que estas condiciones, tan aparentemente sexuales, este clima erótico que se dice respirar, actúan sobre mí por otros cauces cuyo resultado es similar al que supongo que debe tener una sobredosis de bromuro. ¡Que horror! No todo va a ser follar, me lo tengo dicho cienes y cienes de veces, pero ésto ya parece una especie de maldición: ¡si aquí se dirigen aviones de todas partes del mundo para dar candela!, como suelen decir constantemente…

Hablando de sobredosis, tengo una teoría. Al igual que Obélix se cayó de pequeño en la marmita en la que Panorámix preparaba la poción mágica, lo cual le confirió una fuerza extraordinaria durante el resto de su vida, aquí parece que el personal también se haya caído en una marmita de pequeño, pero, en este caso, de Valium. O quizás es que el Caribe es una suerte de gigantesca marmita de ron caliente, en la que se cuecen los países antillanos a fuego lento (sólo empiezo a conocer éste: de los demás sé referencias, pero no muy discordantes).

El viento y la lluvia siguen golpeando las tablillas de la contraventana. El viento y la lluvia tienen nombre: TT Noel. Una suave tormenta tropical que no llegará a ser ciclón, según se cree. Estamos a final de temporada y suceden imprevistos, sin embargo.

Después de haber recorrido la isla de lado a lado, con menor inquietud para seguir visitando nuevos sitios que hace más de dos semanas, hoy sería un día perfecto para estar en esta habitación y dejar que Noel se vaya calmando, en compañía de la dichosa botella de ron (menos de un cuarto, que va bajando poco a poco y quitándome la resaca, o tal vez sea el Enantyum lo que lo logre, o ambos), de este paquete de Vegas Robaina (joder, hasta he vuelto a fumar: me da vergüenza escribirlo, pero que rico está este tabaco negro sin filtro) y de una hermosa jovencita acostada a mi lado. Ya me empiezan a dar sudores.

Pero no puede ser. Me da sincera envidia quien puede disfrutar de los placeres de la piel y los sentidos más carnales, manteniendo la mente en ese plano, sin dejar que se vaya a otros que puedan interferir -obviamente, de forma negativa- en el festín.

Por mucho que reviso mi “zurrón ideológico”, no sé a qué achacar esta estrechez. La cosa se podría (se puede) ver de una forma más simple: este es un país sin el aplastante peso de las religiones monoteístas sobre la sexualidad (para una vez que hay algo así, otra lacra de igual o peor calado se instala en las conciencias: ¿es que lo necesitamos?), en el que ésta se vive como disfrute desde temprana edad, la mujer parece relativamente libre para ejercerla a su antojo (quién sabe lo que me encontraría, si tuviera oportunidad de conocer esta sociedad a fondo), y toma una actitud activa, y no SÓLO se acerca a tí porque eres un yuma (extranjero con dinero) y una fuente de divisas (en el mejor de los casos, un medio para abandonar el país). También entra dentro de lo razonable que le gustes, que te vea tan exótico como tú la ves a ella, que tenga ganas de salirse de su tediosa (cuando no directamente horrible) vida cotidiana con alguien a quien ella elige…

He conocido a jineteras (se llama jinetero a todo aquél que trapichea con algo, aunque se conozca la expresión habitualmente referida a las mujeres y el sexo de pago) pero también, y en mayor número, a chicas con sus profesiones o trabajos: peluqueras, contables, informáticas, profesoras de marxismo, estudiantes de 9º grado en nocturno, camareras, profesoras de baile tradicional y salsa, enfermeras (¡enfermeras!), médicos, profesoras de canto (aquí hay muchas profesoras, como se puede ver…), biólogas, dependientas, en fin, una variada representación. Todas entre 17 y 28 años (las mayores de 30 parecen estar en otra dimensión, y no en la de “salir solas a divertirse”, llamémoslo así).

Con ellas he estado tomando café, copas, almorzando, he ido a la playa, de excursión, a su casa, he conocido a sus padres, bailado (¡bailado!), paseado y, sobre todo, charlado.

Y, lo que sobresale de todas esas horas compartidas con ellas, es una gran ingenuidad e ignorancia. O al revés. A los 18 y a los 25. Con hijos y sin ellos. Profesionales de carrera o trabajadoras manuales. Comparten esos rasgos que les dan una especie de candidez de la que sientes, inexorablemente, que te estás aprovechando. Y, a lo sumo, ellas pueden sacar de tí un puñado de dólares, contantes o en especie, historias “del otro lado” con las que seguir alimentando su imaginación, una esperanza de huida. Es simplemente desolador.

Y sus culos meneándose, noche tras noche, en la Casa de la Trova. Sus caderas cimbreándose al son de Compay y otros ritmos. En ese momento, el momento del baile, parece como si encontraran el antídoto contra el Valium. Contra todo.

La Máquina de Follar

Una auténtica máquina de follar. Pero out of order.

¡Ah! Si no estoy de vuelta para San Willibrordo, preguntad en el consulado…

Afterhours: Lagavulin & Liki

Liki Fumei | Fotos, Hedonismo, Música, Nuestra Gente, Varietés | 14 de Septiembre, 2007

Era domingo y fuimos a la capital: ninguna como ella tiene, en nuestro ámbito, esa sensación de pueblo pequeño y pacato. Los especímenes -variados- que por allí circulan suelen ser conspicuos por su enseñoramiento. No faltó el ejemplar de la bohemia rancia y los cincuenta al caer: ese es uno de los must del así llamado Oviedín, y verlo en indumentaria de noche templada de final verano es todo un estremecimiento para los sentidos.

La cena no fue nada del otro mundo, pero tampoco estuvo mal. Desde luego, lo mejor vino a medida que todos nos fuimos conociendo. ¡Que cosas se nos ocurren! Toda aquella gente tan diversa allí mezclada: muchos se conocían de poco, otros de nada. Pero fue una de esas veladas con algo mágico que fluye y envuelve. Saltamos de lugar común a otro algo menos, con la sensación de que algo podía quedar, de que no todo se lo iba a llevar el río de la noche.

Y, como en la canción, nos dieron hasta las tres, y más de las cuatro, a pesar de que algunos -pobres- de los contertulios tenían que incorporarse a su jornada laboral pocas horas más tarde. Pero, hete aquí que no era este el caso del conocido aventurero Zalacaín, quiero decir, Lagavulin, ni el mío propio, ya que, tras habernos pasado el sábado anterior recluidos en nuestros respectivos hospitales, atendiendo lo mejor que pudimos las necesidades más perentorias de aquellos enfermos que se encontraban a nuestro cargo, también respectivo, c’est a dire, “de guardia”, disfrutaríamos de la correspondiente libranza el lunes siguiente, c’est a dire, mañana, c’est a dire encore plus, ¡en unas horas!

Y nos dió por planificar un afterhours, pero versión ‘biosport’, que nos va más que el ‘toxicdance’: un recorrido en bicicleta por los alrededores de la ría de Villaviciosa, que tendría un atractivo ornitológico y fotográfico añadidos al que de por sí tiene pasar un día -que se pronosticaba extraordinario- al aire libre, relajadamente y haciendo algo de ejercicio.

DOF

Bueno, pues, a pesar de la imaginable dificultad para despegarse de la cama después de una zambullida onírica tan escueta, nos lavamos como los gatos, metimos mi bici en el maletero del ferrari de Artie (ojo: es rojo) y nos fuimos hasta Deva, con el fin de tomar prestada la de Juanín (1.85 m., 80 kg.), porque el escocés lleva todo el verano llevando la suya a poner a punto… pero debe ser que la lleva a sitios inadecuados: quizá a las panaderías, o, por qué no, a las tiendas de efectos navales y, claro, aún no se la tienen preparada. No quiero ser repetitivo, pero hay que recordar el lema del verano: no todo va a ser… Total, que Juanín nos dejó amablemente su bici, y nos fuimos para la Villa. Un café con croissant en lo de Vicente ayudó a terminar con la modorra, y partimos hacia El Puntal por la margen oeste de la ría, entre el calorcito del sol y el fresquito de una suave brisa marina, dispuestos a ver lo que hubiese que ver.

Garceta común
Manzanas
Ocalitos

Y, para ver, hay que mirar: miramos mucho y despacio, invadimos alguna que otra propiedad, con mucho cuidado y respeto, nos agazapamos, acechamos, oteamos y… ¡claro que vimos! Pájaros, colores, frutas, árboles, la hierba recién segada y ya en pacas, derelicts, paisanos a su aire… de todo un poco. Antes, al salir del pueblo, Artie se encontró con un señor llamado Pepe, a quien conocía de los veraneos en una casa próxima a la suya, en El Puntal, cuando era niño; su casa era una casa de aldea, regentada por sus hermanas, Tere y Flor, con quienes existía un vínculo familiar de antaño, ya que habían trabajado en casa de nuestro común tío carnal Amalio (padre de Vengamarc, ManolitoContravoz, así como de Mauricín, éste sin actividad blogósica demostrable hasta la fecha).

Ahora, con setentaitantos años, aún soltero, seguía conservando un aspecto envidiable, espléndido, al parecer como consecuencia más o menos directa de la recta observancia de una máxima autóloga que ya entonces predicaba a quien le quisiera escuchar (a Lagavulin, al que se puede ver aquí acompañado de algunos de los antes citados y de otros más en los tiempos de aquellos veraneos, le aplicó dicha admonición unos años más tarde…). A continuación se reproduce, sin ninguna fidelidad, un extracto de sus declaraciones illo tempore:

- Qué, Pepín: ¿nun te cases, oh?
- ¿Casáme, casáaame? ¡Que voy a casáme, Arturín! Hay que casáse pa’ mejorar…

Lagavulin aceptó encantado la invitación a pasarse por aquella casa ahora rehabilitada, en la que, al menos, encontraría a Tere. Antes tuvimos otro jugoso encuentro en las afueras de El Puntal con uno de los llamados ‘barqueros de la ría‘: los Bonhome;  es probable que pronto nos hablen de un curioso asunto relacionado con lo allí expuesto y con una pequeña historia que, aunque parezca remota (incluso a algunas viejas glorias del lugar se les antojaba así), está relativamente próxima en el tiempo. Será, sin duda, desde la desolada isla.

Y, mientras él comía y era tratado a cuerpo de soberano, como tengo entendido que es habitual a manos de tales anfitrionas (Pepín parecía saber de lo que hablaba), yo me fui a expurgar mis pecados (que son tantos y tan variados como graves e intensos; así ocurre que ya se va haciendo público y notorio: hasta en México siguen a este Pecador con sorprendente denuedo) a través de la unión ascética ‘zapatilla-asfalto-cuestas interminables de la zona de Niévares‘, haciendo de avanzadilla por las carreteritas que después transitaríamos para volver a Gijón. Allí pudimos ver, entre otras cosas, una hermosa y aletargada camada de gatos, de entre los que me llamó la atención este rubiales.

Rubiales

Ya de vuelta en los dominios del Milodón, tuve la oportunidad de estudiar un rato sobre mi tema preferido, y degustar una rica taza de café que nos hizo Jorgito (1.90 m., 95 kg., medidas aproximadas, facilitadas por la organización: ya se sabe que siempre barren para casa…) mientras charlábamos apaciblemente y la tarde iba cayendo con un sol incendiario sobre la pagoda en la que tiene pensado recibirnos esta amable familia a partir del próximo solsticio. Ellos sabrán lo que hacen. Un día magnífico, en el que acabé pudiendo intuir aquellos míticos destellos en la oscuridad… Definitely, it’s not yet time to die. Even afterhours.

La Pagoda del Milodón

Poesía Montañera: la carrera Sierre – Zinal

Liki Fumei | Fotos, Hedonismo, Música, Nuestra Gente, Poesía, Varietés | 17 de Agosto, 2007

Eran las cinco de la mañana, y allí estábamos casi DOS MIL chifletas con suficiente merengue en las venas para desparramarlo por las empinadas laderas del Val d’Anniviers, en el Valais suizo.

Todo había empezado con un correo electrónico proveniente de Lausanne, el 30 de Junio:

“Querido primo:

Por favor reserva el fin de semana del 12 de Agosto para venir a Suiza.
Quiero inscibirte en la famosísima carrera Sierre-Zinal que es uno de los momentos álgidos del verano corredor.

 Es para tomárselo lento y con filosofía… para ser capaz de llegar.

No me defraudes y confírmamelo.
Amalio”

Perfil de la carrera

Este link al website de la organización venía en el mismo correo.

Nada más recibirlo, en el aeropuerto de Barajas aún, a la vuelta de Irlanda con ArtuPepix y Milodón, le respondí que me encantaría, pero que las cosas iban a estar difíciles para esas fechas en el trabajo. Así parecía, en efecto, pero, después de unos juegos de ingeniería logística para encajar las guardias en el hospital y con la inestimable colaboración para la causa de mis queridas compañeras Sérix y Águix, el proyecto era factible. Otra cosa era la preparación: casi sin darme cuenta, con el tiempo bastante escaso para hacer algo de entrenamiento específico (¡gracias, Willy!), las fechas se habían echado encima y allí me encontraba. Parecía increíble.

El ambiente era difícil de describir: los corredores, como reses antes del marcaje a fierro, nos agolpábamos en una especie de cercado en torno a la línea de salida. Quien más, quien menos, todos llevábamos un rato calentando: trotando, estirando los músculos, orinando nerviosos el exceso de adrenalina, hablando sin parar o mudos de la emoción…

Una banda folk en la que destacaba un banyo animaba la madrugada con un pot pourri de canciones suizas, country y ‘all around’ pop. ¡Que extraño y excitante resultaba todo!

Pistoletazo de salida, y a correr. Un pequeño tramo de asfalto daba pronto paso al empinado camino forestal por el que aquella marabunta de australopithecus bufábamos al impulsarnos, intentando adelantar algunas posiciones, buscando un sitio que no se sabía muy bien cuál era, resbalando al no ver dónde pisábamos en la noche negra de luna nueva, tropezando a veces, pero siempre con exquisita corrección en el fragor del esfuerzo:

- pardon! buff!
-c’est pas grave… arff!
-excuse-moi… pouh!
-ça va, ça va! harsh!

La mayor parte del tiempo no se podía correr sensu strictu, bien por el gradiente, bien por lo atestado: incluso en determinados recodos la hilera se paraba forzosamente, para poder discurrir uno por uno por un paso estrecho o más expuesto a la caída. Increíblemente, en alguno de esos momentos había quienes (puede que dos) aprovechaban, unos cuantos metros por detrás de nosotros para… ¡TOCAR LA TROMPETA! Y no lo hacían del todo mal, arrancando de todos unos aplausos estentóreos en lo que se convertía en un breve conato de ópera surrealista montuna.

A pesar de lo dicho, la mayor parte del tiempo se subía con un paso largo y de alta frecuencia, suficiente para que se agradeciera el relevo que, como en el ciclismo, nos dábamos el uno al otro. Mi mente se iba a aquellas frases de la insigne canción de Bob Dylan:

How does it feel?
To be on your own…
… with no direction home,
like a complete unknown:
Like a rolling stone!

Así llegamos, casi inadvertidamente, al primer puesto de avituallamiento de los seis previstos, tras haber librado en poco más de una hora casi 600 metros de desnivel. Nos encontrábamos fuertes y sin apenas ganas de reponer líquidos, por lo que un vasito de pócima isotónica cogido al paso fue todo el repostaje.

Al seguir ascendiendo, el pelotón se fue disgregando, y también las coníferas del bosque, haciendolo más penetrable para las primeras luces de un amanecer azulado. También empezaba a notarse una caída en la temperatura bastante acusada: estábamos cerca de 2000 metros y el nivel de nieve alrededor de 2400. Las manos se hinchan y los dedos duelen un poco, pero todo iba bien.

De hecho, es ahí cuando comienza la parte más bonita de la prueba: la gente se dispersa, el recorrido se aplana, convirtiéndose en un divertido “sube y baja” que  te permite trotar y entrar en calor. La luz azulada del este da paso a otra amarillenta, más cálida y acogedora, que se filtra entre brumas heladas que, como una marea de efectos especiales ex profeso para nosotros, van pasando de un valle a otro dejando una aureola de misterio entre los corredores y los mélèze.

Van pasando los kilómetros y, cuando uno se quiere dar cuenta, ve que el valle alpino se va estrechando: a partir del Weisshorn Hotel, un impresionante refugio con maravillosas vistas sobre la cabecera glaciar (Cervino/Matterhorn incluido… a pesar de mi reticencia a creerlo), y ya con menos de 50 metros de altitud que remontar, empiezas a ser consciente de que lo vas a lograr, vas a poder terminar el desafío a tu propia capacidad, a tu resistencia, y éso resulta emocionante, gratificante. Y te hace recordar a todos los que, todo este tiempo atrás habéis estado ahí, confiando en mí, apoyándome en algunos ratos malos y compartiendo lo mejor, cuidándome, queriéndome; es el empujón que justamente me hacía falta para llegar adonde se inicia el descenso a pico hasta el fondo del valle, unos mil metros más abajo.

Como cuando, en la Formula 1, se decide entre neumáticos de seco, mojado o mixtos, aquí toca cambio de grupos musculares: de gemelos y glúteos (fundamentalmente), a tibiales y cuádriceps que intentan contener toda la energía potencial que habías acumulado durante la larga subida a expensas de estrujar al máximo los otros. La destreza y precisión en los movimientos a partir de aquí ha de ser mucho mayor, lo que exige una gran velocidad de pensamiento, que se antoja más difícil porque se va acumulando el cansancio de toda la prueba…  Buscando, en ese momento, mi lado más salvaje, con un Lou Reed suavito-suavito para intentar mantener la calma sonando en el recuerdo, concentrado en la bajada:

Y, así, llegué a las rampas que son las callejitas de Zinal, en las que gran cantidad de gente se esmeraba en hacernos sentir bien, con los últimos Bravo! Bravo! Hop-hop-hop! que nos acompañaron durante todo el recorrido, bastante menos agotado de lo que esperaba, y tremendamente contento…

Y todo termina como empezó: una carrera muy familiar… al solecito que Anen preparó para la llegada.

Vigón & Telenti

Es mi poesía montañera que, como diría el torero y es muy apropiado: ¡va por uztéde, zeñóre!

El Golfo de Nápoles

Liki Fumei | Hedonismo, Nuestra Gente | 10 de Septiembre, 2006

Lucía, mi hermana, y su amore, Massimo, han lanzado al mercado, después de más de un año de trabajo de campo, una guía sobre las mil y una peculiaridades que se encuentran en ese enclave en el cual él nació: el Golfo de Nápoles.

Es una cuidada edición que os recomiendo a quienes tengáis intención de acercaros por aquellos andurriales tan apetitosos. Y no soy el único en hacerlo…

Liki Fumei