Viajé a Valencia por vez primera, y me llevaron a ver un mercado circular en situación precaria, apuntalado y rodeado de andamios en el centro del castizo barrio del Carmen: un lugar lleno de historia y encanto, de sabor y belleza destilados.
Mi amigo Fernando me explicó su abandono, me mostró su ajada estructura, me contó la progresiva pérdida de vida ciudadana y comercial (del pequeño comercio de siempre) que ello tiene como consecuencia.
No soy arquitecto ni ingeniero, pero, dadas las dimensiones de aquella joyita, la conveniente y esmerada reparación de su conjunto no podría suponer una quiebra presupuestaria, y, probablemente, requeriría la participación multidisciplinar de diversos profesionales –muchos de ellos jóvenes y emprendedores- que han empleado sus años de formación en elaborar proyectos y estrategias para hacer frente al abandono patrimonial tan al uso.

Al tiempo que se deja morir dicho acervo, se fomenta la uniformización (calatravesca) de la ciudad con obras de presupuesto astronómico y funcionalidad más que discutible, pero con una rentabilidad (económica) palpable: el metro cúbico de hormigón es lo que tiene. Son grandes empresas, en grandes despachos in & out La Administración, y grandes volúmenes de dinero, cuya contabilidad se antoja difícil de precisar. ¡Hay tantos loros que aman ese chocolate! No digamos si éste, en lugar de por onzas, viene servido en palés… o contenedores.
Lo que ha capitalizado la atención mediático-política de esa ciudad a lo largo del año 2009 es lo que se ha dado en llamar el caso Gürtel (que en alemán quiere decir ‘correa’, y, en clave, para los investigadores, Correa). Con toda la sorpresa para sí mismo, este hombre se ve en la cárcel y se pregunta: ¿por qué yo? No es pregunta baladí.
Desde entonces, el hedor se va trasladando hacia zonas más altas, pero se sabe que existen potentes ventiladores que disimulan (e incluso hacen desaparecer) la podredumbre. No obstante, se llega a pronunciar un nombre de relevancia media dentro de lo que significa la estructura piramidal, tanto de partido como de gobierno: Camps.
La persona en cuestión no tiene nada de particular, es decir, es un político triunfador corriente: tiene una gran ambición por escalar hacia la cúspide, y se va viendo desde su militancia de base y su cargo de concejal cómo van quedando los cadáveres que le rivalizan en la cuneta; desde luego, el más distinguido (e inesperado), Zaplana: un peso pesado al que derrota sin prácticamente levantar la voz, apelando a un nacionalismo suave y a otros hilos de similar perfil. Sabe jugar. Pero nada en él me llama la atención como para ser comentado: ni siquiera tras leerme de pé a pá la sentencia (que mi amigo Fernando tuvo la amabilidad de hacerme llegar al día siguiente del fallo judicial, bajo el título de ‘Papel Higiénico’) que le exime de las acusaciones por soborno, encuentro nada relativo a él que destaque y merezca un comentario.
Sin embargo, sí que hemos de agradecerle que nos haya puesto en la pista de algunos lugares de delectación a los que el ciudadano (llamado, por él, por Ellos) medio no suele tener acceso, tales como los zapatos de piel de anca de potro de Crockett & Jones, las rebajas de Milano (y las exquisitas exigencias al respecto del largo de las mangas de los trajes que allí encargaba por o sin mediación del sastre más famoso de la tauromacofilia -perdóneseme el palabro; no era admisible un décalage de un milímetro arriba o abajo: precisión cartesiana), los cocktails y comidas en el Ritz de Madrid (cubiertos de 200 o 300 €, a veces hasta para 800 comensales), etc.
Eso sí, a él no le gusta pagarlo (de hecho, ni siquiera pide presupuestos para estas actividades): prefiere que lo haga El Erario Público, un ente gnoseológico que -según parece- se encarga de éstos y otros flecos. Pero no es sólo a él, a quien no gusta: se trata de algo general en esta casta. Cualquier político prefiere viajar en Audi A8 o VW Phaeton (blindado mejor: total, son unas perrillas que no van a ninguna parte) que en modelos utilitarios; si utiliza transporte público (bueno, también público, pero compartido con el vulgo), prefiere la clase Club o Business y los espacios VIP que los de cola junto a los retretes; si va a un espectáculo (ya en sí exclusivo) prefiere ocupar los asientos mejor situados a pelearse por una entrada de gallinero durante unas horas; incluso si desea celebrar una comida o cena de trabajo con sus iguales o gentes de otras Esferas Altas para tratar –por supuesto- asuntos de crucial importancia para el Bien Común o el Interés General, le resulta más agradable hacerlo en comedores privados de restaurantes de renombre, antes que compartir un menú del día en un bar correcto pero del montón; todo un largo etcétera que a cualquiera se le puede ocurrir, va con cargo al citado Ente.
Después, cada domingo, asistirá a la misa dominical del culto predominante, bien arropadito: es un hombre ejemplar. Un par de semanas antes de conocerse la sentencia, pronosticaba confiado en los medios: ‘tendré mayoría absoluta en 2011’. Lo sabe todo: sabe que la justicia no existe, que se compra y se vende, que se pacta (no hay más que ver las maniobras que preceden a la constitución de los más altos tribunales del país), que él tiene a sus amigos ahí dentro, como en tantos otros sitios clave (probablemente, ninguno tan clave como la judicatura, claro está: por éso tiene delito que se hable de Estado de Derecho, y de las leyes que entre todos hemos decidido, y lindezas del mismo porte, taladrando constantemente la subliminalidad del personal); y también sabe, cuando arrogante vaticina su futuro triunfo, que no se trata de otra cosa que de hooligans cuando se piensa en electores, simplemente a éso se limita el juego democrático: fanáticos de este o aquel partido o teórica ideología, sin capacidad de análisis ni de crítica, que bastante tienen con llegar a fín de mes (y, muchas veces, a fin de día) con algo en la cabeza que no sea fútbol o este Otro Fútbol. Si, a veces, le entra alguna duda o su convicción flaquea, sólo tiene que mirar al Este, evocar la figura de Berlusconi al otro lado del Mediterráneo, y exclamar: ¡no somos nadie!
No: Camps no tiene nada de particular. Moratinos visita Guinea Ecuatorial en épocas de crisis (de nuestra crisis: allí no tendría sentido hablar de ello -es más, sería un sarcasmo; y no voy a repetir de nuevo las condiciones en las que viaja dicho séquito: pura austeridad, imagínense ustedes, tal y como está la economía), nada menos que para rendirle homenaje a Fraga Iribarne ante el sátrapa-dictador actual, sobrino y heredero (por la nada discutible vía del golpe de estado intrafamiliar) del sátrapa-dictador anterior, celebrando 40 años de la independencia de la ex-colonia, la cual -según se quiere hacer constar- fue facilitada por el entonces ministro franquista y ahora malhumorado gagá. Va a obtener algún trato de favor, es obvio, a costa de una población que no percibe nada, ni en dinero ni en especies, de ser la tercera nación productora de petróleo del África subsahariana (lo cual es mucho decir, por detrás sólo de Nigeria y Angola). Ni que decir tiene que cuando nos desprendimos de Guinea (¿es -quizás- preferible decir ‘se les otorgó la independencia’?) no se sabía que había petróleo en aquel golfo: lo que sí que se supo después, y se continuó sabiendo durante los 40 años que llegan hasta la actualidad, fué el estado de tiranía bajo el que quedó aquel pueblo, depauperado hasta extremos difíciles de imaginar (el que tenga las vísceras bien resistentes, que no pierda la ocasión de leer el libro ‘Guinea’, de Fernando Gamboa). Pero resulta que hoy día no sólo hay petróleo, sino que se ha convertido en un auténtico hub energético, con una pujante producción de gas sobre la que planean diversas empresas europeas de nombres muy familiares para todos: ésto tiene mucho interés, dados los tiempos que corren y las progresivamente difíciles relaciones del mundo occidental con los países de la OPEP. Allá vamos: a la carrera.
Nada de particular: al otro lado del Atlántico, en un país inmenso con deficiencias infraestructurales tremendas y un nivel de pobreza que alcanza al 35% de la población, la familia Kirschner aumenta su patrimonio (perdón –qué risa: el patrimonio que declara) un 150% en el último año (más de 5 millones de euros, al cambio; en una perspectiva algo más prolongada, un 575% en los últimos 6 años). No está nada mal, para unos justicialistas (defensa de los trabajadores, tararí-tarará…), como se gustan llamar.
Termino preguntándome si nadie va a denunciar de una forma consistente que las ruedas de prensa de cualesquiera que sean los representantes institucionales y el nivel jerárquico que ocupen, hayan pasado a ser meros actos de proclamación. Son sangrantes el silencio y la connivencia del llamado 4º poder a este respecto: si bien se entiende como concepto (son parte del poder) y como colectivo (sujetos a la disciplina de los monopolios), no así como individualidades, que podrían manifestar su disidencia, en muchos casos con un peso específico muy elevado.
Para qué seguir: en Valencia lo pasé muy bien, la verdad. Muy rica, la orxata… ¡y los fartons!